Eso no me ayuda

Atención, abrir en una nueva ventana. PDFImprimirCorreo

Opinión - Opinión: Vida Cotidiana

 

 

Isabel Franc

 

 

OPINIÓN

Tener una cierta edad comporta ver que los hijos e hijas de tus amistades se han hecho mayores.

Por el contexto en que nos movemos, muchas de esas criaturas, ahora adolescentes o jóvenes, tienen como progenitoras a dos madres o dos padres o uno de los dos es trans o fueron adoptadas y pertenecen a lo que se llama una familia monoparental (o monomarental, vaya). De todos esos modelos, son pocas las que no fueron cuestionadas en su día: esa criatura no tendrá referente paterno o materno, ha sido le argumento estrella; también: se sentirá diferente a sus compañeros y compañeras, sufrirá mucho, ... Y por la vía de la decisión materna: ¿ya lo has pensado bien? Mira que una criatura te cambia la vida, que tú siempre has sido muy alocada, que no tienes suficiente apoyo, que no podrás hacerlo tú sola, que es demasiada responsabilidad, que con quién la dejarás cuando quieras ir al cine o a ligar... porque, a partir de ahora no podrás ni ligar ni ir al cine, lo tienes presente ¿no?

Y, mira por donde, he comprobado que la inmensa mayoría de esos niños o niñas ahora chicos, chicas o chiques han estado rodeados de afecto, de valores, de diversidad... y en ningún caso, en ningún caso, recalco, han salido mejores o peores que los hijos, hijas hijes de familias convencionales, ordenadamente normativas, que nunca fueron cuestionadas a la hora de decidir su descendencia.         

Escribo esto porque el otro día una buena amiga me dio una lección y creo que es bueno compartirla. Tiene una hija adoptada, de 17 años a punto de cumplir los 18, que está embarazada y quiere tener la criatura. Inmediatamente, han saltado a su alrededor todas las alarmas, incluida la suya propia. Pero, pasado ese primer momento, y bajo el criterio del respeto, mi amiga decide seguir adelante y en positivo, es decir, aceptar la decisión de su hija buscando la mejor fórmula para gestionarlo de la manera más adecuada y, sobre todo, sin dramatizar más de la cuenta. Y empieza por mantenerse firme a la hora de repartir responsabilidades: ella es la abuela y la hija es la madre, cada una tendrá que asumir su parte.

Sin embargo, el resto del mundo, entre el que nos encontramos las amigas, sigue con las manos en la cabeza: se lo tienes que quitar de la... cabeza (mismamente), ¿no ves que te tocará hacer de madre? No ves que no es responsable, que es/son demasiado jóvenes... porque el padre, que creció sin la figura paterna, manifiesta ilusionado que cumplirá con sus obligaciones de progenitor y cuando necesite pañales irá él a comprarlos. Qué tierno ¿no? Pues nosotras, las que lo vivimos desde fuera, erre que erre, seguimos insistiendo y, con esa necesidad visceral de ponerla entre la espada y la pared, le preguntamos si ella ahora volvería atrás e iría a buscar la criatura que, todas lo sabemos, la ha salido un poco mariposona.

Todo un martilleo que la madre escucha y encaja con serenidad, hasta que te suelta: “Lo que me estás diciendo no me ayuda nada”. Sin mala intención, es cierto, las amigas hemos vertido nuestros miedos, nuestras angustias y lo que, sin tener arte ni parte, pensamos seria la mejor solución: que la niña se lo quitara de la cabeza y del cuerpo. Quizás sí lo sería, pero resulta que no se puede, que la chica lo ha decidido y no la podemos obligar y, como dice su madre, “no debemos hacerlo por respeto a su autonomía. ¿O acaso pensamos que aquello de “mi cuerpo, mi vida, mi decisión” era solo para nosotras y no para nuestras hijas?”. Si es madura para decidir abortar, lo es para decidir parir y, no nos engañemos, si la chica quiere tener la criatura, fácilmente, al cabo de pocos meses de un aborto obligado, nos encontraríamos con la misma situación. ¿Volveríamos a empezar el mismo bucle?

Que le puede tocar hacer de madre, lo tiene claro mi amiga, por eso, desde el minuto 1, se afana en poner cada rol en su sitio. Que no es lo bastante responsable, bien lo sabe, puesto que es su madre y con eso tendrá que bregar, pero, sinceramente, conozco un montón de mujeres que han optado por la maternidad con una irresponsabilidad de juzgado de guardia todo y ser señoras enseñadas y maduritas a las que nadie cuestionó. Finalmente, la hipótesis de si ella ahora iría a buscar la criatura no puede ser más cruel ni más absurda: para saber si lo haría o no, ha tenido que hacerlo, en caso contrario siempre se quedaría con el remordimiento de no haberlo hecho. Por lo tanto, decírselo, obviamente, no la ayuda.

Sería mucho más sensato y más útil para todas: madre, hija, abuela, amigas, criatura, etc. ponernos al lado de nuestra amiga madre que será abuela, unirnos a su postura vital y empezar a sentir como ella que, en medio de tanta pandémica y tanta muerte, que llegue una nueva vida a casa es, en definitiva, un homenaje a la vida. Porque lo que haya de pasar, por mucha especulación que hiciéramos, nunca acertaríamos.