Delitos de odio

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Opinión - Opinión: Violencias

 

Isabel Franc

 

OPINIÓN

Hace un tiempo, me sentí vejada por un profesor. Joven, alternativo, sin rasgos machistas (se supone) ni homófobos, lesbófobos o xenófobos. 

Simplemente, creo que no le entré por el ojo derecho y, de forma sutil, me iba dejando caer pequeñas humillaciones con la discreción suficiente como para que solo yo me percatara. Evidentemente, cuando me di cuenta o, mejor dicho, cuando constaté que no eran imaginaciones mías, dejé caer el boli Bic, que nos ofrecía la escuela, en el botecito colocado a tal efecto y abandoné el curso.

Odio tanto a aquel hombre joven, que me hubiera gustado agarrarle por los cataplines, y hacerle un nudo en el pito o asestarle un buen… ¿Un buen qué? ¿Me sentiría mejor partiéndole la cara o destrozándole los dientes? Seguro que no.

Desde el punto de vista psicológico, los delitos de odio se dirigen a personas en tanto que pertenecen a un determinado grupo social por razón de raza, religión, situación económica, orientación sexual, discapacidad... Siempre me he preguntado en qué tipo de mentalidad puede alojarse el sentimiento de odio hacia alguien por tener (supongamos) una pierna más corta que la otra. Claro que, si se trata de otra raza, religión, condición económica o sexual... tampoco estaría justificado y, en cambio, parece que lo tenemos más enquistado. Dile a alguien: “No soporto ni a los negros ni a los farmacéuticos” y, fácilmente, te preguntará: “A los farmacéuticos por qué? Es muy viejo, y todavía funciona.

En este contexto, no se puede decir que mi profesor cometiera delito de odio, tal vez solo sufría una cierta lesbofobia interiorizada (a mí, de siempre, se me nota mucho), pero hay un paralelismo en el ejercicio de una pretendida superioridad. Humillar solo pone caliente a quien, en el fondo, se siente inferior y, a menudo con razón: hay mucha pobreza espiritual en quien necesita martirizar al prójimo para sentir la erótica del poder.

Lo confieso, en mi fuero más interno, desearía machacar a ese tipejo. Y, sin embargo, sé que tampoco me serviría hacerlo. Lo que de verdad me ayudaría, sería poder sentarme con él y preguntarle: ¿Qué es lo que te molesta de mi o de mi actitud? ¿He sido arrogante o creída? (quien más quien menos, si te dedicas a la creación lo eres, no nos engañemos) ¿Es la pluma, quizás? ¿Son las canas, la edad? A veces ocurre, hay algo en un alumno o alumna (yo también soy profe) que se te cruza. Ahora bien, ¿vale humillar? ¿Es lícito mostrar abiertamente la animadversión? Ya te digo yo que no, ni mucho menos aprovecharse de la supuesta supremacía que nos otorga la tarima (aunque no esté físicamente). Como nunca podré tener esta conversación con él, me conformo con infringirle un aterrador castigo dentro de mi atribulada cabeza. He oído decir que quien mata psicológicamente no necesita hacerlo en la realidad, por lo visto, ya te desfogas lo suficiente.

Podrían seguir un método similar toda esa panda de delincuentes que se entretienen propinando palizas a homosexuales, y que tanto han proliferado en la post-pandemia. Ahora que los han dejado sueltos se pueden encarnizar con quien encuentran odioso por el solo hecho de ser diferente y, según su criterio, inferior. Los delitos de odio hacen que la diferencia te convierta en víctima, pero ¿qué diferencia? y ¿en relación a qué?

Cuando daba clases a enseñantes sobre diversidad en el aula, proyectaba una imagen en la que se veía una serie de personajes cada cual con una particularidad: silla de ruedas, hijab, color de la piel, etc. La pregunta era: ¿Quién es diferente? Y la respuesta solía ser: Todos. Entonces empezaba la discusión: diferente ¿respecto a quién? Hasta llegar a la conclusión de que la respuesta correcta no era “Todos” sino “Ninguno”. Había docentes que se enfadaban conmigo diciendo que les había manipulado, pero, en realidad, estaban enfadados con ellos o ellas mismas por haberse dejado llevar por unos patrones tan enraizados. También llegábamos a esta conclusión después de hablarlo.

Mira por donde, a lo mejor la solución está en hablar. O, quizás, en conocer al otro, a la otra. O en pensar un poco qué daño nos causa la diferencia, qué nos remueve o nos toca por dentro, por qué nos genera tanto odio. Tal vez, la solución está en aquella frase que le espetó una amiga mía a un grupo de xenófobos tras un ataque racista en el barrio de Ruzafa, en Valencia: Lo vuestro se cura leyendo y viajando.