Lesbianas, ¿nunca existiremos?

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Opinión - Opinión: Cultura

 

Isabel Franc

 

 

OPINIÓN

De Safo a Martina Navratilova, ¿cuántas lesbianas conoces? Pregunto en las clases de Literatura Lésbica del Máster de Género y Comunicación. Como la mayoría del alumnado es post-millennial, la respuesta suele ser: ¿quién es Martina Navratilova?

 

¿Y qué tiene que ver una tenista con la literatura? Preguntaría yo. ¿Por qué la he escogido a ella? Pues, por dos motivos: uno es la falta de referentes, en especial referentes positivos de los que Navratilova es una buena representante; el otro es que escribió su biografía y, dada la escasa producción temática, todo suma.

El patriarcado ha querido hacer desaparecer de la historia a las lesbianas. De Safo nos ha llegado solo una mínima parte de sus poemas ya que en 1073 el papa Gregorio VII ordenó quemarlos por inmorales.

En un artículo de hace ya años, Noni Benegas * mostraba como ha sido silenciada la literatura lésbica a lo largo de la historia: “Dante no las incluye en la figura del condenado sexual, Boccacio no las nombra en sus cuentos y en la época de La Ilustración, cuando se ajusticiaba a un sodomita se detallaba el pecado ante el pueblo, pero no en el caso de una mujer, para no dar ideas”

En algún sitio he visto calificada de poesía mística la que dedicó Sor Juana Inés de la Cruz a la Virreina de México, pero sinceramente cuando leo:

 

Ser mujer ni estar ausente

Es de amarte impedimento

Pues sabes tú que las almas distancias ignoran y sexo.

 

no puedo evitar pensar que, si eso no es un poema lésbico, yo soy bombera.

De ejemplos silenciados o tergiversados hay para llenar bibliotecas. Es a finales del s. XIX, principios del XX cuando se alzan voces de mujeres que manifiestan abiertamente su amor por otra mujer y reclaman su existencia lesbiana. La primera de elles fue Radclyffe Hall (hay una novela anterior, Zezé de la española Ángeles Vicente, pero en otra línea). Hall es la primera que dice: “Soy una mujer (aunque se hace llamar John) y amo a otra mujer”. Y como era católica concluye con la épica frase: “Proclama ante el mundo entero que existimos, oh Dios, y concédenos también el derecho a existir”. ¡Amén! La sentencia fue duramente criticada por las feministas de los años 80 que declaraban “Soy lesbiana porque me da la gana” (bonito pareado).

Sea como fuere, que la primera historia de reivindicación del lesbianismo se titule El Pozo de la Soledad ni es un buen inicio ni augura nada optimista. Y todavía no habíamos salido del Pozo que ya entrábamos en el Bosque de la Noche. Sin ánimo de hacer spoilers, todo lo que sigue (salvo un par de honrosas excepciones) ya sea en el cine, la literatura o el teatro, hasta prácticamente los años 90, acaba en tragedia. El desenlace al que se ven abocades las protagonistas fluctúa entre el manicomio, el suicidio, la prisión, una cruel enfermedad, el repudio o el exilio... y, en cualquier caso, la relación no puede subsistir a causa de su propia naturaleza.

Esto ni es casual ni es gratuito. Donde no hay literatura no hay historia. Lo que ha querido hacer creer el patriarcado es que no existimos. Y cuando esta fake ya no se ha podido sostener, la ha reconducido hacia la amenaza de que, si nos empeñamos en existir, tendremos un futuro muy oscuro. ¿Conocéis un sistema más efectivo para eliminar a un colectivo? (bonito pareado).

Con este panorama histórico, nuestro particular estado pluriautonómico tiene su propia evolución. 40 años de dictadura fascista y una ley de peligrosidad social marcan la diferencia. La ley, dicen, no afectó tanto a las mujeres. ¡Pues claro, si no existíamos! La convivencia entre mujeres, que fueran cogiditas del brazo o que mostraran afecto en público estaba plenamente aceptado. ¿Quién y qué se podía sospechar? Si las mujeres éramos meras máquinas de procrear, no gozábamos con el sexo y, en el remoto supuesto de que pudiéramos llegar a sentir placer tenía que ser gracias al sacrosanto miembro viril.

Con la transición y la euforia de la liberación social aparecieron los primeros grupos de reivindicación LGBT… (que eran muy G y, de forma secundaria, L, B, T, etc.), los locales de ambiente y las primeras librerías: Berkana en Madrid y Cómplices en BCN (que, heroicamente, todavía resisten), pero se encontraron sin libros para vender más allá de las traducciones; en 40 años no se había escrito en castellano (menos todavía en las otras lenguas del Estado) sobre amor entre mujeres; y antes, ya habéis visto como fue el asunto. Por ese motivo, se creó EGALES, la primera editorial de temática LGBTIQ+ del Estado Español, que representó una auténtica revolución social. Las librerías cumplían una función integradora y cívica. Las turistas contactaban con ellas tanto para comprar libros como para tener información sobre el ambiente de la ciudad; las oriundas, tres cuartos de lo mismo y, además, se abastecían de historias donde “chica conoce chica”, pasan por una serie de peripecias y llegan a un terapéutico final feliz.

A EGALES se le ha criticado la escasa calidad de esas novelas, obviando que también ha publicado auténticas joyas como Paris was a woman de Andrea Weiss o Ladies Almanach de Djuna Barnes (sí, estoy barriendo para casa) y otros prestigiosos títulos tanto de ensayo como de narrativa. Sin embargo, el deseo, contenido durante siglos, de leer ese tipo de historias hacia que las chicas fueran a la librería a buscar las novedades, se relacionaran con otras lectoras y mantuvieran con cierta salud la economía de la editorial; de hecho, gracias a esas historias se pudieron publicar las joyas.

Lesbiana ha sido siempre una palabra tabú, de aquellas que cuesta pronunciar y, si se puede, se sustituye por un eufemismo (como ocurre con el cáncer que para los medios de comunicación es “una larga enfermedad”). Ahora, las más jóvenes rechazan el término por otros motivos (quiero creerlo). “A mi no me pongas etiquetas” le responde una hija a su madre cuando esta le pregunta si lo es (con la esperanza de que haya elegido el buen camino). Otras optan por la denominación Queer Feminista, pero lesbiana, lo que se dice lesbiana no lo son. De esta manera, la función social de las librerías o el carácter liberador de las colecciones “chica conoce chica” dejan de tener sentido, con todo lo que eso comporta a nivel de subsistencia.

Probablemente, ni la Queer feminista ni la sin etiquetas han vivido el silencio ancestral, no han salido de un pozo de soledad ni han atravesado la oscuridad del bosque nocturno. Eso significa que los tiempos están cambiando y no dudo que es por un buen fin, que con la abolición de los géneros vamos hacia una situación más ecuánime, pero no puedo evitar una cierta desazón por aquello que se ha perdido cuando apenas se había conseguido (bonito pareado).


* Benegas, Noni. Corpus lesbiano. Letra, 34. Monogràcif Eros: desorden e indiferencia. 1994