Acicaladas para la fiesta

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Opinión - Opinión: Empoderamiento y Liderazgo

 

Isabel Franc

OPINIÓN

Ahora ya hay un montón de comentarios sobre la festiva vestimenta de las presentadoras de TV3 la noche de Fin de Año, pero en el momento y todavía en shock me asaltaron una serie de reflexiones que no quiero dejar de compartir.

Iba yo zapeando de cadena en cadena tragándome el eslogan “hasta nunca 2020, bienvenido 21”, como si de un día para el otro cambiara el panorama, y me decía a mí misma que 2021 puede ser mejor y puede ser peor, pero vale la pena ponerle cierta fe, cuando en “La Nostra” aparecen las tres presentadoras que tenían a su cargo dejar atrás este nefasto 2020.

¡Ostras!, pensé al verlas, no sabía que este año hacían un espectáculo de clown. Y como soy fan y amiga de unas cuantas payasas de alta categoría, se me ocurrió que habría sido mucho más adecuado y profesional encargarle el show a una terna tipo: Pepa Plana, Merche Ochoa, Virginia Imaz.

 

 PresentadoresTV

 

Captura pantalla TV3. 1-01-2021

 

¿Era necesario vestir a las presentadoras tan estrafalarias? Para ir mudada, como dijo una de ellas, ¿hay que disfrazarse de esa manera? Será por eso que nunca voy bien acicalada. A ver, tampoco se requiere el negro riguroso y menos un día tan festivo, pero hablamos de tres periodistas, tres profesionales de la información con reconocido prestigio. ¿Eligieron ellas los modelitos? Y si no lo hicieron, ¿tampoco pudieron negarse ni que fuera por preservar su dignidad? Si hubieran sido señores, no les habrían puesto lentejuelas en las americanas ni pajaritas en forma de lazo para regalo ni pantalones de látex fosforescente. ¡Fijo! A una presentadora se le puede reducir el vestuario hasta hacerla salir en bikini (Pedroche, por ejemplo), a un hombre nunca, nunca le harían salir en tanga.

El quid de la cuestión está en los diseñadores. Y no, no se me ha escapado un genérico en masculino. Me gustaría saber quién las vistió, y me juego el ordenador a que fue un hombre (si me equivoco, más pena todavía). Es de aquellas cosas que tenemos tan integradas que ni nos damos cuenta: la mayoría de diseñadores de moda que torturan a las mujeres con sus creaciones, llamadas de alta costura, rocambolescas, incómodas y a menudo peligrosas (los tacones de aguja han provocado más de una caída y los escotes más de un resfriado) son hombres y claramente misóginos. No hay duda de que la moda “femenina”, en el sentido más ramplón del término, pretende por un lado estimular el deseo viril y testosterónico, y por otro subyugar a la mujer a los designios del macho. Cuanto más débil, más necesitada, más inestable, más imposibilitada... más deseable será y más anulada y poseída la tendremos. Nada nuevo, vaya. Lo que me sorprende es que todavía haya mujeres que aceptan seguir esas modas y que incluso parecen sentirse bien con ellas. ¿O debería decir femeninas? A mí las neuronas no me dan para tanto. Que no se rebelen, que no digan me visto como me da la gana, bien elegante, bien mona, pero con mi propio criterio, sin tener que  pasar frío (a las presentadoras les pusieron difusores de aire caliente que proyectaban sus melenas al viento a modo de anuncio de perfume), sin tener que hacer equilibrios para andar, cómoda, ligera... en fin, lo que te apetezca ponerte —incluyendo tacones, escotes o faldas varias—, pero teniendo en cuenta unos criterios de liberación, empoderamiento, Mi cuerpo es mío, No quiero tu opinión, Me Too, etc. etc. Temas y eslóganes de los que estas tres señoras hablan a menudo —y diría que los defienden— en sus respectivos programas. Sinceramente, ¿no les resta cierta credibilidad verlas con esas pintas?

 

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Es curioso. El mismo diario habla en un sitio del diseñador y en otro de la estilista. En cualquier caso, las presentadoras defienden sus modelitos. Por mi parte, ninguna réplica, allá ellas.