De madres a maestras, sin morir en el intento: cuatro casos italianos

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Vida cotidiana - Cuidados

 

 

 Gisella Evangelisti ok

 

 

 

 En una primavera encerrada, Italia ha dejado de cantar y aplaudir en los balcones a nuestro heroico personal sanitario (en gran parte mujeres), entre viejos problemas (los feminicidios no han parado) y nuevas pobrezas. 

En este resbaladizo panorama, las mujeres enfrentan, sí o sí, situaciones inéditas, como el cierre de las escuelas. Veamos cuatro casos, de tenacidad, compromiso, creatividad.

T.A. (prefiere el anonimato), de 43 años, ha vivido gran parte de su vida fuera del país, con experiencias de trabajo apasionantes, entre ellas la enseñanza de literatura hispana en la universidad de Harvard. Ahora ha tenido que aparcar sus investigaciones para ser madre y maestra a la vez de S., de 8 años, apasionado de fútbol y dinosaurios, para acompañarlo en las tareas y conseguir que logre, por ejemplo, escribir derechito sobre lineas, en vez de desplazarse en diagonal en toda una pagina, o quitar cascaras de plátanos olvidadas bajo su cama. Su piso en la ciudad de Padua no es grande, pero cuenta con una terraza de 4 metros por 4, que en los días soleados puede volverse taller de pintura o pista de baile, o gimkanas inventadas por el niño. La madre le ha organizado la vida con horarios definidos: la mañana hay clases on line desde su colegio bilingüe italo-inglés, en una tablet prestado por el colegio, por la tarde hay tareas y juegos. En su corta vida S. ha tenido que cambiar escuela o país cada casi año, ahora por suerte tiene maestros y maestras con  simpatia, y gracias a la cuarentena, la dedicación a tiempo completo de la madre. Cuando puede, lo ayuda también su padre, que viaja con frecuencia al exterior por trabajos de gran responsabilidad. Los resultados están a la vista. El niño se expresa cada vez mejor en los dos idiomas familiares, más algo de español, ha aprendido a hacer pequeños documentales,  y envía vídeos a sus abuelos con ejercicios físicos adaptados a sus huesos oxidados. En familia ha aprendido a usar una frase mágica: ¿Puedo ayudar en algo? Le responden siempre con un si! entusiasta. Así, ayuda a cargar y descargar la lavadora, bajar la basura y preparar la mesa. Claro, hay grande vacíos, sea en la madre sea en el niño. Cuando la madre se siente demasiado encerrada entre las cuatro paredes, pueden servirle unas llamadas entre amigas del mundo (una de ellas medica en un hospital de Madrid), para soltar lágrimas y risas. Curiosamente, para el niño la pasión por la escuela de fútbol o el Barca parece haberse esfumado. Añora más los juegos y bromas con sus compañeritos y compañeritas del colegio. De repente un día dice a la madre: "Gracias mamá, has sido magnifica enseñándome a estudiar y concentrarme. Ahora puedo seguir solo, quiero tratar de ser independiente". En el primer día de libertad del confinamiento, (todavía sin poder tocarse con quien no sea un familiar), lo veo abrazando fuerte a su madre. "Hay que disfrutar los momentos de amor", comenta sabiamente. Pues nunca se sabe, en la vida.

 

 

 

 Elena Machioro

 

 

Elena Marchioro, 40 años, maestra de una escuela pública en la campiña veneta, con estudios de arte en Venecia, se ha encontrado en un momento crucial de su vida, teniendo que lucir talentos conocidos y desconocidos. Ahora maestra on line en su escuela primaria, sigue en los estudios a sus tres hijos (de 13,11 y 6 años), además de representar a los padres y a las madres en una de estas escuelas, bastante abrumados y abrumadas por las circunstancias. Tiene un ritmo agotador. Le llegan al menos unos 60 mensajes al día, desde el alumnado, las colegas y las madres, pidiéndole ayuda para solucionar problemas, organizar tareas, consolar aflicciones. Una colega se ha suicidado. Además de preparar clases luchando con app y nuevas tecnologías, con la hija más pequeña que la interrumpe continuamente, Elena debe preparar desayunos, almuerzos, meriendas y cenas para la familia. Su asistenta tuvo que encerrarse y la madre, unos kms más lejos, no puede ayudarla sino enviándoles dosis industriales de pasta preparada con amor, y con los huevos frescos de sus gallinas. Su marido hace las compras, da apoyo moral pero debe encargarse de una empresa que ahora tiene más clientes que nunca, entre los/las que han dejado la vida terrenal.

¿Cómo ha respondido Elena, como mujer y profesional, a estos desafíos multitask, sin ser Wonder woman ni aspirar a la santidad, y qué sugiere para la escuela post Covid? 

“Los primeros tiempos han sido caóticos, intentando lidiar, sin suficientes líneas guías, plataformas y calendarios claros, con las nuevas tecnologías. No contando todavía con ellas  todas las escuelas italianas, creo que se están acentuando las diferencias entre los que tienen medios, y los más vulnerables, por ser pobres, o niños/as con problemas de aprendizaje.  Nuestra pequeña escuela (5 clases) valora mucho el juego y la afectividad, y ahora las maestras no tenemos que perder esta riqueza volviéndonos tecnócratas interesadas solo al aspecto académico. De hechos, nuestro niños y niñas añoran preparar sus espectáculos de teatro y danza, los paseos “a descubrir el mundo”. En general, han aflorado las debilidades y los aspectos positivos de nuestro sistema escolar. La maestras más comprometidas se han comprometido más, afianzando la relación con los padres y madres en la común tarea educativa;  las más conservadoras siguen haciendo lo mínimo. No hay evaluación de resultados. Sin embargo hemos comprobado que si queremos, somos capaces de auto-formarnos y experimentar modalidades nuevas de enseñanza. Personalmente, me han reconocido talentos de manager. Nunca me lo hubiera esperado. (ríe). Mi sueldo sigue siendo lo mismo. La sociedad y el estado deberían reconocer y apoyar más nuestro trabajo hacia una educación de calidad, un sector fundamental, junto con la sanidad, si no queremos caer en una mediocridad de masa, sin remedio. Si, como dicen, en septiembre las escuelas reabrirán a mitad, se profundizará la diferencia entre los que cuentan con tecnologías y los/las demás. Para ellos/las no debería haber mitad, sino el doble de escuela. Alemania, después de la crisis del 2008, ha apostado a mejorar la educación y la investigación. Aquí, lo pide ahora en un manifiesto la juventud universitaria. Que no se pierda la oportunidad”.

 

 

Giovanna Draghi

 

 

Giovanna Draghi. 48 años, en su curriculum profesional tiene la hazaña de haber cruzado como marinera siete veces el Atlántico en barco de vela, sobreviviendo en una tempestad que le volcó el barco. Madre separada, estudia naturopatía y colabora en la cocina de una escuela de tipo steineriano donde es alumna su hija Thea, de 8 años. Se trata de una escuela primaria con 75 alumnos/as, pintada de colores alegres por los padres y madres, donde se enseña a pequeños grupos no de manera abstracta, sino utilizando la naturaleza como fuente de conocimiento y armonía. Pues según su inspirador Rudolf Steiner, los humanos tenemos no 5 sino 12 sentidos, (uno de ellos el sentido de la vida) y estimularlos todos en la infancia significa formar adultos flexibles y humanos. Siendo su hija más adelantada en las habilidades previstas para su edad, como la lectura, la maestra de Thea ha aconsejado a Giovanna que aproveche el cierre de la escuela para experimentar más actividades en el campo donde viven, contando con una huerta biológica, y colinas boscosas para explorar. Esta insólita circunstancia les ha regalado un periodo creativo y relajado, reconoce Giovanna. La niña ha aprendido a distinguir hierbas silvestres y preparar con ellas simples jarabes medicinales y bebidas refrescantes, ha construido una casa de cartón para la gata que parió seis gatitos, ha inventado “brazaletes de la amistad” para su escuela, ha aprendido a hacer pan, pizzas y tartas. Además, los 130 padres y madres de la escuela quieren reforzarse en su sentido de comunidad, promoviendo la compra colectiva de productos biológicos, y “un circuito (o banco) de trabajo”, donde pueden ofrecer e intercambiar sus competencias a los demás. Una pequeña revolución desde abajo.

 

 


Simonetta Frangilli

 


Simonetta Frangilli, 50 años, ha tenido que suspender temporalmente su trabajo de atención al estudiantado en una universidad de Livorno, ciudad de la Toscana. Su marido, cubano, sigue en su trabajo de operador ecológico de la municipalidad, desinfectando locales públicos. En casa hay también la suegra de 78 años, hasta que se reabran los vuelos para el Caribe, y el hijo Francesco Landa, 15 años, que frecuenta el segundo año del “Liceo cientifico”. Para él ha sido un periodo tranquilo en familia, jugando dominó con la abuela o a cartas con todo el clan, o chateando con los amigos. Las clases online han funcionado, pero a Francesco, inevitablemente, le hizo mucha falta su clase, y el aire, como buen boy scout. Al reencontrarse con las amistades después de la cuarentena, se han descubierto pálidos y grises. Pero pocos de sus compañeros y compañeras comparten su pasión ecológica. Mientras los padres de Simonetta los domingos la llevaban al campo, los padres actuales llevan a sus hijas e hijos a los centros comerciales.

“En nuestro medio se ha perdido el contacto con la tierra, con el “saber hacer” de nuestros padres”, expresan los dos, “y es un gran descubrimiento para los niños y niñas ver un día que los pollos tienen pico y plumas. La escuela debería basarse más en experiencias de laboratorio, a partir de la vida real. Nuestra generación se encuentra frente a desafíos enormes come el cambio climático, los cambios en la economía y producción, y debe conseguir una mejor relación entre las ciudades y el campo. Por suerte hay algunos jóvenes alcaldes italianos que logran repoblar pueblitos abandonados con nuevas migraciones, o famosos visionarios como el arquitecto holandés Rem Koolhaas, (ver su libro “Countryside, Report”. Taschen), que proponen utilizar técnicas sostenibles para dar respiro al planeta y crear oportunidades para los jóvenes”, afirma Francesco.

“Hay que repensar también el lugar de las mujeres”, sigue Simonetta. “Por cierto, esa sobredosis de vida familiar por el Covid ha fortalecido las familias donde ya había colaboración y amor, pero ha traído más dolor y frustración, donde había tensiones, machismo, hacinamiento, exclusión social. La crisis económica, los problemas burocráticos que atrasan la llegada de las ayudas están exasperando a la gente. En cuanto a las mujeres, a pesar de representar la mayoría entre los sanitarios que arriesgan su vida en primera línea en los hospitales, y a pesar de que algunas científicas hayan conseguido importantes hallazgos, nuestro género ha brillado por su ausencia en los varios comités de expertos o task force instituidos por el gobierno para enfrentar la epidemia. Esto, mientras a nivel mundial siete Premier mujeres obtenían los mejores resultados en la gestión del Covid, (desde Noruega a Nueva Zelandia, ver Clasifica Forbes). En cambio en el Bel País, solo la mitad de las mujeres tenemos un trabajo fuera de casa, (un dato muy inferior a la media europea), y los clásicos techos de cristal, son demasiado espesos. Ahora en la fase 2, estamos viendo que somos las primeras en perder nuestros trabajos, y corremos el riesgo de quedarnos relegadas en casa para siempre. No, no queremos retroceder en nuestros derechos. ¿Qué sugiero? Poco a poco estamos saliendo de esta niebla de incertidumbre en que nos ha envuelto el maldito bicho, y estamos experimentando formas nuevas de conexión digital, sí o sí, como hemos visto. Claro, nos hace falta la energía maravillosa de las grandes concentraciones, pero igualmente están saliendo ideas. Una es que casi toda la ciudadanía está más consciente de la importancia de la sanidad pública. La otra, es que con el cierre de fronteras, nos han faltado, por ej., las mascarillas fabricadas en China, entonces, ¿por qué no producirlas nosotras? Se han dicho unas compañeras, y han surgido pequeñas empresas. Y mucha gente más se está preguntando: ¿qué es realmente necesario para las familias, las personas, los territorios? ¿Decenas de vestidos, o una guardería? En la fragmentación de la globalización, se están abriendo plataformas democráticas a nivel territorial, donde se trata de vincular las exigencias de trabajo de las personas con los sectores de servicios fundamentales, como el agro alimentar, energía, turismo, apoyo a las familias, educación etc. Nos estamos volviendo más conscientes de la importancia de los trabajos “materiales” que mantienen en vida la sociedad, y las mujeres, con sus talentos multitask, pueden y deben ser valoradas en la organización de los nuevos trabajos”.