Un bar de mala fama

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Opinión - Opinión: Migraciones

Gisella Evangelisti ok

Fuimos a cenar, hace unos días, en el bar más famoso de Ventimiglia, pequeña ciudad en la frontera entre Italia y Francia. Para muchos, un bar mala fama, pues tiene entre sus clientes a mujeres y hombres migrantes africanos. Es el bar Hobbit, gestionado por Delia Buonomo, ex migrante italiana, que nos recibe y cuenta.

Hay que hacer una premisa. Todo comenzó en 2015, cuando la ciudad de Ventimiglia, una estrecha faja de tierra antes de las pendientes de los Alpes Maritimos, fue alborotada por la decisión de Francia de cerrar su frontera con Italia, después de los atentados. El tratado de Schengen y la fraternité se fueron al tacho. Centenares de mujeres y hombres africanos que estaban por pasar a Francia, intencionados a reunirse con parientes o amigos en el norte de Europa, con derecho a pedir asilo, se quedaron atrapados en la ciudad. Muchos ocuparon escollos, cuevas u orillas del río, donde los ratones podían llegar a comerles las orejas. Los 23.000 habitantes de Ventimiglia se dividieron: por un lado turistas, hoteles, padres de familia preocupados por el degrado del espacio urbano, y el peligro representado por "tantos varones negros en la noche negra...", por el otro el presidio voluntario de la juventud "NO BORDERS" que se la ingeniaron a organizar un campamento temporal, hasta con asistencia legal y biblioteca. Pero un año después, el 30 de junio del 2016, la policía lo desalojó brutalmente. El alcalde Enrico Ioculano prohibió dar de comer y beber a los migrantes en la calle, el ministro de Asuntos Interiores Angelino Alfano dijo que las personas migrantes no tenían derecho a decidir dónde ir. Fueron cargadas en buses y llevadas hacia el sur de Italia, donde hay escasas posibilidades de inserción. Por eso las que han evitado las deportaciones tratan de llegar a Francia pagando unos passeurs que las guían a través de rutas peligrosas como el Paso de la Muerte, (un sendero rápido desde Grimaldi a Mentón usado anteriormente también por exiliados republicanos españoles, judíos etcétera), o por las montañas más altas de Bardonecchia, donde son cazadas con perros y perseguidas con helicópteros por los franceses. Hay quienes, en estas rutas clandestinas, caen de los viaductos de la autopista de Las Flores, o son embestidas por camiones, o por trenes si se aventuran de noche en las vías del ferrocarril. En lo que va del año hubo 47 fallecimientos.

Esto el trasfondo.

"Un día", nos cuenta Delia, "vi a una madre africana con su bebé acostada en la acera en el suelo frente a mi bar, exhausta. Le dije: "Puedes entrar, no te preocupes por pagar, ¿quieres beber o comer algo?" Desde ese día llegaron otras mujeres, y les daba la bienvenida. Llegaban en pleno invierno con chancletas, se quedaban sin dinero para pagar a los passeurs, y los esperan bajo la lluvia. Muchas estaban embarazadas, debido a las violaciones sufridas en Libia. Puedo distinguir quién dice mentiras y quién sufre realmente. Puedo verlo en sus ojos. Así que recogía a veces carritos para que no tuvieran que cargar los niños en su espalda, alguna ropa de abrigo, juguetes para los niños. Me las arreglé para salvar a tres chicas de la trata, una me la trajeron molida a palos porque no quería prostituirse, y tampoco ir a Emergencias por miedo a la expulsión. Movimos cielo y tierra hasta darles una oportunidad mejor en su vida.

Desafortunadamente, la gente no tiene idea de cuánta historia, cuánto dolor hay detrás de estas personas. La policía francesa golpea a hombres y mujeres por igual, deteniendo irregularmente hasta menores. Antes de que se arriesguen en el Paso de la Muerte, sobre todo si son mujeres, les doy unos bocadillos, y les digo que si pueden llamarme cuando estén a salvo, sería contenta. La sonrisa de los niños y niñas a los que les doy un rotulador o un juguete es algo extraordinario, están felices con nada. Pero desde entonces mis clientes habituales, que trabajan en el consulado francés o una escuela cercana, se han esfumado. Recibí escupitajos en mi cara. "Puta, vas con estos negrazos, ah? ", Me escribieron en la tienda. Y tengo chequeos interminables de la policía financiera en el bar, hasta dos veces por semana. Por supuesto, después de esta persecución, mi bar se ha convertido en un punto de referencia para las asociaciones de solidaridad, y también periodistas internacionales. Pero al final del año, si no hay milagros, tendré que cerrar, pues pago una renta alta, y si no tengo suficientes clientes, las cuentas no cuadran. La verdad, me siento cansada y amargada por esta persecución. Yo también soy hija de immigrantes de Calabria que se mudaron a Australia, donde crecí, y cuando llegué aquí, hace 33 años, me costó adaptarme y ser aceptada. Sin embargo, Ventimiglia es una ciudad de inmigrantes. Recuerdo cuando en los años '80 llegaban los marroquíes en automóvil, desde el puerto de Génova, algunos incluso con la bañera en el puertaequipaje, luego, en los años '90 y 2000, la gente del Este Europa. En los años '80-'90 cambiábamos coche cada tres años, teníamos un mes de vacaciones al año, ahora mantenemos el coche hasta que jala, y una semana de vacaciones es mucho. El deterioro de las condiciones de vida según los políticos más gritones se debe a los y las migrantes africanos que "vienen a hospedarse en hoteles a nuestras costas" y "nos quitan el trabajo". En realidad, al comienzo también la gente proveniente del Este dormía debajo de los puentes, pero ahora se vuelve útil en el cuidado de la tercera edad, en el trabajo agrícola, o en la construcción, y nadie se queja, al contrario, ¡pero "los negros no!" Pensemos en ello: ¿no seremos racistas?" Delia nos saluda ofreciéndonos un excelente licor de pistacho, y una sonrisa cansada. No puede, no tiene que terminar así. Nos vamos con el corazón estrecho.


Mientras tanto, en la Biblioteca Comunal de Ventimiglia, (y seguramente en miles de otros lugares en el mundo) hierven las ideas, y las iniciativas de la juventud y personas adultas que quieren enfrentan seriamente el tema de las migraciones, sin facilismos ni quedarse encerrados en "sovranismos" claustrofóbicos. Por lo pronto, en Italia, después de que el gobierno de Matteo Salvini cayó (milagrosamente) por autogol, nos queda el enorme trabajo de limpiar el aire envenenado por una avalancha de fake news y mensajes de odio, con que se ha alimentado el racismo, y volver a defender la idea que todos los humanos tenemos los mismos derechos.