Un minuto de silencio mientras Catalunya gritaba

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Opinión - Opinión: Violencias

 

Franc 2017 

OPINIÓN

El día 3 de octubre, mientras toda Catalunya condenaba la actuación de la policía nacional y la guardia civil durante el referéndum, un pequeño pueblo del Maresme lloraba la muerte de Paula y de Marc, asesinados en el pantano de Susqueda. Nadie se ha hecho eco, de ahí la necesidad de esta pequeña crónica.

Un verano lleno de duelo. A las muertes tempranas de gente cercana (Jordi Monrós, hijo y hermano de las compañeras de la Librería Pròleg, Maria Bauzà, Laia, hija de la arquitecta de Cal la Dona...) se sumaron los atentados de Barcelona y de Cambrils y no nos habíamos recuperado todavía, cuando una noticia, que de entrada provocó inquietud y sorpresa a partes iguales, se fue decantando hacia el terror. Paula, la chica del número X de mi calle, y su compañero Marc habían desaparecido en el pantano de Susqueda. Durante los primeros días de incertidumbre, se tenía la ingenua esperanza de que fuera una gamberrada post-adolescente, una aventura que se habría saldado con una bronca descomunal: no vuelvas a hacernos esto, no os lo perdonaremos nunca, etc. que con el tiempo pasaría a ser anécdota. Pero la gente más cercana sabía que eso no era posible, que Paula quería demasiado a sus hermanos; y ya sabemos que la gente joven es más proclive a castigar a los progenitores, pero tampoco era el caso. La angustia se hacía cada vez más intensa con el hallazgo del coche, las piedras... Y la población seguíamos los informativos con una sensación de perplejidad y de impotencia aterradora, de querer y no saber qué podíamos hacer por la familia vecina.

A finales de agosto, la prensa anunció que se abandonaba la búsqueda, probablemente para no dar más resonancia mediática y preservar la intimidad familiar; algunos medios más morbosos que informativos empezaban a asomar la nariz por el barrio haciendo preguntas impertinentes. Pero, desde luego que continuó; hasta el 26 de septiembre en que se encontraron los cuerpos.

El martes, 3 de octubre, se convocó un acto en el pueblo en recuerdo de la pareja y soporte a la familia. Más de una nos encontramos con el corazón dividido por la coincidencia con otra convocatoria: o condenar esta violencia o condenar aquella, en definitiva, condenar la violencia. Y elegimos estar aquí, en el pueblo, porque si deseamos construir un país de paz y solidaridad, esta empieza en el núcleo más cercano: el vecindario.

Cuando vine a vivir a Cabrils, me decían que era un pueblo pijo. Yo he recibido amabilidad (más allá de algún maleducado que pone la nota folclórica), acogida, respeto por culturas y formas de vida diferentes. Un pueblo que convive con la diversidad de forma festiva; durante la celebración del ramadán la comunidad musulmana, muy arraigada al municipio, invita a quien lo desee para explicar el por qué y el cómo de esa celebración suya y el parque se llena de mesas, de gente y de sus suculentos manjares.

Ese mismo pueblo llenaba ese martes por la tarde la entrada del ayuntamiento y las calles adyacentes con una tristeza contenida que estallaba en lágrimas al dar un abrazo a alguien, al escuchar el comunicado de la familiao las voces jóvenes y rotas del amigo y la amiga que, de forma espontánea, quisieron dedicarle unas valientes palabras de amor. Un minuto de silencio por la impotencia y el dolor colectivo, y una pregunta enquistada: ¿Qué ser monstruoso es capaz de tanto desprecio por la vida? ¡Cuánto daño han hecho a la familia, a la gente cercana, a los que son de su misma condición sean quienes sean los asesinos, a la humanidad entera! Cómo explicaremos a los hermanos de Paula que el odio y la rabia que sienten ahora no debe vencerles, que a pesar de su profundo dolor todavía hay valores humanos y que son esos valores los que les ayudarán a continuar. La violencia siempre, siempre genera más violencia, bien lo sabe su madre, ella ejerce la mejor forma de combatirla, el único antídoto contra la violencia: la educación.

Si pudiéramos enviaros un retazo de toda la fuerza y coraje que se necesita para soportar el dolor, no lo dudéis, llenaríamos nuestra calle de amor y de flores color naranja como las que el martes llevamos para Marc y para Paula —la Piua, la llamaban sus amistades—, "una niña alegre, feliz, que amaba a su familia, a sus amigos y a la naturaleza", así la describió su tía Cristina y así quieren que la recordemos.

Hoy he traicionado mi estilo, no he hecho reír o sonreír, que es una de las intenciones inherentes a mis opiniones y a mi forma de resistir el mundo. La máxima de Woody Allen: Comedia es igual a tragedia más tiempo, aquí no funciona. Tal vez algún día lejano,la gente que la conocía y la amaba vuelva a reír recordando alguna travesura de Paula, pero la lloraremos siempre.

 

 

 

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