Las razas que hay en esta Tierra

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Opinión - Opinión: Desarrollo

El genetista europeo Cavalli-Sforza, dice en varias de sus obras que el concepto “raza” se usa muchas veces como sinónimo de nación o pueblo, lo cual crea una enorme confusión. Consulto al científico porque a veces también tengo serias dudas acerca de las diferencias y semejanzas de las personas y sobre cómo lo planteamos desde los medios de comunicación.  

imatge de la Barceloneta

Cavalli-Sforza señala que hay una definición de raza que versa así: “conjunto de  los individuos de raza animal o vegetal que se diferencian de otros grupos de la misma especie con uno o más caracteres  constantes y transmisibles a los descendientes”.  

De esta definición, lo que más llama la atención es la palabra “constantes”, pues no existe “constancia” que satisfaga. Hoy por hoy, es difícil distinguir el número de “razas” que hay en la tierra: se pueden identificar (según autores) de 3 a 60 y más. Todas las clasificaciones son igual de arbitrarias, pues cuando pasamos gradualmente de una población a otra cercana, los caracteres (fenotipos) suelen variar de manera gradual y continua: no es muy fácil diferenciar personas marroquíes, de argelinas, egipcias, rumanas, afganas, , griegas, españolas o italianas.  O ¿quién no se ha fijado en que a una mujer nepalí, la puedes coger, poner en un avión con ropas y atavíos, llevarla a pleno altiplano andino y hacerla pasar perfectamente como una “aborigen” aymara, inca o quechua?  

Pero está dentro de nuestra limitada naturaleza el intentar clasificarlo todo, incluso a grupos de innumerables personas (los suecos son rubios, los rumanos ladrones, los chinos trabajadores, los italianos chillones…), para hacer de nuestras vidas, reflexiones y territorios, algo más fácil de llevar, comprender y defender. Es cierto que hay algunos de nuestros caracteres que se conservan de acuerdo a nuestro origen (mi pelo, por ejemplo es totalmente sudaca) y que se pueden manifestar tanto por parecidos genéticos, cómo por identidades culturales, tradiciones comunes, un lenguaje común o una unidad política.  

Desde que la humanidad comenzó a comercializar, a conquistar, a “desplazarse”, ya fuese en carabelas, en barcos transatlánticos atestados de irlandeses y escoceses, o en navíos de totora, en “pateras con alas” (yo me vine en una), u otros medios de transporte, esa realidad cambia a pasos agigantados.  Las características genéticas y culturales “locales” son cada vez más invisibles.  

Seguramente hay muchas personas que coinciden conmigo en que es bastante difícil definir “raza” y para otras muchas -como yo- no es creíble el concepto en sí, pero hemos de reconocer que en base a él y creamos en el o no, se han llevado a cabo diversas causas en pos de la defensa de una raza determinada, que casualmente siempre es mejor que las otras. Tanto hemos escuchado sobre “pueblos elegidos”, que hay quienes se lo terminan creyendo. Incluso entre nosotras y nosotros.  

A esto se le llama “racismo”, que se caracteriza por creer que la “raza” propia es mejor que todas las demás y quienes lo creen se preocupan por la “pureza” del tesoro guardado en su carga genética.

Este fenómeno, tan humano, desconoce que cada población, por pequeña que sea, es variable. En el ser humano, estas diferenciaciones sencillamente no existen: la pureza genética sería un ejercicio científico y megalomaníaco en el que la descendencia solamente se debería producir entre parientes cercanos, lo que biológicamente es contraproducente e inviable para la especie (humana). Genéticamente hablando, la salud de nuestra especie se basa en el mestizaje, pues del “cruce” surgen personas más resistentes, cultural y genéticamente.  

Que quienes sean originarios de escandinavia sean más rubios, o que los árabes sean casi todos morenos no quiere decir que sean “puros”, sino que las condiciones de la naturaleza producen esta variación fenotípica de la población.  La población flamenca por ejemplo (de Bélgica, no de Andalucía) es más morena que la de Holanda, por la invasión española que duró cientos de años, y culturalmente, los flamencos (no las aves) son equivalentes a los holandeses, y no a los castellanos .  

Invasión tras invasión, imperio tras imperio, hemos visto cómo el poder ha ido pasando de un pueblo a otros... ¿Cual ha sido el mejor? Lo único que se puede desprender es que éxito y poder van de la mano. La sensación de euforia de “pertenecer” a la “mejor” nación del mundo o estar en un grupo selecto de ellas, puede llevar a pensar a la población que la conforma que la superioridad es algo propio de su pueblo, lógica, objetiva, innata, intrínseca y duraderamente, cuando en realidad es sólo un cúmulo de circunstancias socioeconómicas y culturales efímeras.  

Del racismo la línea hacia la xenofobia es invisible y es un síndrome social previsible: miedo y odio a los extranjeros, a los que son distintos (aquí también cabe la misoginia, pero ese es otro tema) y la población se determina a si misma al enfrentamiento, a niveles de neurosis generalizadas, celos, envidia, etc. a fuerza de los prejuicios generados ante axiomas que ya conocemos y que aun a día de hoy existen.  

Este 21, día internacional de la eliminación de la discriminación racial, es un oasis en el descontento general de la población, que asume –axiomáticamente- que los problemas que hoy afectan a España y Europa, son provocados por quienes -casualmente- menos poder de decisión tienen para jugar al juego de las democracias del libre mercado. El desempleo, la ausencia de estado de bienestar o el aniquilamiento del mismo hace que surja el deseo de desquitarse con un “chivo expiatorio”, que usualmente es el eslabón más débil de la cadena y está claro que las personas recién llegadas usualmente están en condiciones de inferioridad.  

¿Existe cura para esta enfermedad del descontento y del odio? Por supuesto: la educación con fines preventivos, a modo de profilaxis ante una debacle social.  

He querido hacer esta reflexión, como “nueva catalana”,  porque hoy y no sólo el 21 de este mes la población Palestina, la del Sahara, comunidades indígenas desplazadas, personas migradas criminalizadas y estigmatizadas no pueden creer a ciegas en esa primera enmienda de la declaración Universal de los DDHH que versa sobre la libertad e igualdad en dignidad y derechos de las personas.  Se deben generar las garantías para creer que puede haber migración de Sur a Norte, de este a oeste y no  tan sólo de norte a sur y de occidente a oriente. 

Burka_Viena

Si ni tan sólo se pueden equiparar derechos, libertades  y dignidades entre hombres y mujeres de iguales sociedades, ¿cómo se espera que esto suceda entre diversas sociedades? Mientras creamos que otros y otras han venido a quedarse en lo nuestro (o vuestro)y apropiarse de lo que por derecho nos (os) corresponde, nada cambiará. 

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