La llegada de mujeres migrantes desata polémica en Italia

Atención, abrir en una nueva ventana. PDFImprimirCorreo

Opinión - Opinión: Derechos Humanos - Derechos de las Mujeres

 

Gisella Evangelisti

 

OPINIÓN

"Aquellas chicas desnudas huyendo la violencia": así titulaba el 1 de noviembre el periódico local "Giornale de Vicenza" de una ciudad histórica a 80 km de Venecia, Italia, informando de la llegada de 28 jóvenes africanas para ser hospedadas provisionalmente, en una parroquia de la ciudad.

 

Se trata de un pequeño grupo entre los millares de migrantes que semanalmente llegan desde Libia por el canal de Sicilia, a pesar de la temporada de otoño que hace más peligrosa esta atormentada ruta. Algunas de las jóvenes, rescatadas del mar en Sicilia, han sido destinadas por las autoridades italianas a la región del Veneto y llevadas en autobús hacia la ciudad de Vicenza, en un trayecto de más de mil kilómetros.

Allí se encontraban ocupadas todas las estructuras locales habilitadas para la acogida (hoteles y apartamentos gestionados por ONGs), no quedaba otra cosa que pedir ayuda a las parroquias, para solucionar la emergencia. Llovía a cantaros cuando las jóvenes africanas bajaron del bus, unas de ellas envueltas en sábanas sin nada abajo, todas con los pies desnudos en chinelas de goma.

Un grupito de voluntarias y voluntarios de la parroquia se movilizaron para recoger ropa, zapatos, medias, para completar la vestimenta, y para alimentarlas y alistar camas en el salón de las conferencias. Pero no había duchas.
Llegó también un médico para curar llagas y quemaduras que se habían formado durante la navegación. Las chicas venían sobre todo de Nigeria y Mali, varias estaban embarazadas, una tenía fiebre otras, parásitos.

Las personas que entramos en contacto con ellas las acogimos con todo cariño, calentándoles las manos frías, tratando de superar con los gestos las dificultades lingüísticas. "Qué es lo que más desean?" Les preguntamos. "Seguridad", respondieron.

Las jóvenes embarazadas sueñan que sus hijos nazcan en un país más tranquilo. El boca a boca entre migrantes les había traído historias de éxitos en Europa, de alguien que había logrado estudiar y tener buenos trabajos, de la mujer congolesa que se había sido elegida ministra en Italia. Quizás habían escuchado pocas noticias sobre las dificultades en encontrar trabajo, o sobre la trata de mujeres nigerianas obligadas a prostituirse, o quizás habían preferido no saberlo.

De todas maneras habían decidido probar la suerte, arriesgando la vida. En la barcaza tuvieron miedo, con el agua hasta las rodillas y las olas que daban cachetadas, nos contaron.

Mientras ellas luchaban por sobrevivir rezando algún dios o antepasado, acontecía en Italia un hecho bochornoso, que ha avergonzado gran parte de la ciudadanía.

En un pequeño pueblo de 450 almas en el delta del Po, Gorino, que vive de la pesca de mariscos, llegó el 26 de octubre la orden del "prefetto" (la autoridad del gobierno a nivel local) de poner a disposición de un grupo de migrantes unas habitaciones del único hostal del lugar. Rápido!, que estaban por llegar en bus. Como siempre, se trataba de una emergencia.

Una mujer del pueblo, al escuchar la noticia, llamó los hombres a la rebelión, y ellos pusieron barricadas para impedir la llegada del "peligroso grupo de migrantes" que, sin embargo, resultó consistir solo en 12 mujeres y 8 niños. Llegaron también los carabineros, que por suerte no usaron la fuerza, y las migrantes fueron conducidas a otros pueblos.

El alcalde Diego Viviani hizo una asamblea con la gente, escuchó sus miedos y dijo entenderlos, pero no los justificó. "Rechazar mujeres y niños es falta de humanidad", afirmó. "Nos estamos pasando de la raya".

El mismo pueblo en el pasado había acogido sin problemas a gente que huía de la guerra de los Balcanes, pero ahora la situación en Europa y en Italia se está haciendo cada vez más tensa: miedo y hostilidad se extienden como mancha de aceite.

El episodio de Gorino es fruto de un cumulo de errores: entre ellos, la imposición, sin una preparación psicológica de la población, de recepción de grupos de migrantes en pequeños pueblos que no están acostumbrados a convivir con extranjeros, y el hecho que se les mantenga en el ocio o sin trabajo hace que se les vea como a personas privilegiadas, en comparación con quienes están en el desempleo o los sin techos locales, que no reciben las mismas atenciones.

Más allá de esto, está el fracaso de la política de acogida europea. La recolocación de 160.000 migrantes en un continente de 500 millones de habitantes no se está cumpliendo, e Italia se está volviendo el embudo donde se concentran personas que siguen llegando y ya no pueden salir hacia los destinos del Norte. El caos está servido.

Por eso se han vuelto constantes las situaciones de emergencia, con migrantes que se ven en la obligación de dormir en estaciones, como en Milán y Roma, o en la misma Vicenza, recientemente, cuando las estructuras de acogida están llenas. En los últimos tres años en Italia han llegado aproximadamente 450 mil personas, que en parte han subido hacia el Norte Europa, mientras quienes han llegado después del cierre de las fronteras deben vagar de un lado a otro para sortear muros y vallas, perros y policías.

En Italia en la actualidad hay unas 160.000 personas en situación de acogida, más decenas de millares de personas en situación irregular, entre ellas 6.300 menores que huyeron de los centros de acogida porque deben prostituirse para pagar los gastos de su viaje a los traficantes, o porque tratan de reunirse con sus parientes en otros países.

La guardia costera y la población siciliana están haciendo un enorme esfuerzo para salvar vidas, pero el sistema de acogida e integración es disperso y poco transparente. Aproximadamente el 75% de las personas que piden asilo o protección están hospedadas, en espera de respuesta, en grandes centros cerrados (a veces en condiciones pésimas) o abiertos, sin poder trabajar, sin proyectos, y a cargo de organizaciones que no siempre actúan honestamente.

Solo un 20% de los y las migrantes están incluidas en el sistema de SPRAR (Sistema de Protección de personas que piden Asilo y Refugiados), basados en la "acogida difusa" de pequeños grupos que se insertan en comunidades donde son previstas actividades lingüísticas, formativas y búsqueda de trabajo: un método que da buenos resultados, también en la relación con la población local. Hasta se dan casos óptimos cuando la presencia de migrantes coincide con la búsqueda colectiva por revitalizar áreas condenadas al despoblamiento, como la de Riace, un pueblo de Calabria que ha desatado el aplauso de la Comisión Europea.

Es posible entonces manejar mejor el fenómeno de la migración, que tiene visa de seguir por años a pesar de todas las vallas y prohibiciones? Hay dos posibles respuestas, una es la legal-organizativa, otra la que está tiene que ver con lo político y cultural, sea a nivel nacional que europeo.

Por lo que se refiere a la primera, desde la misma sociedad civil llegan numerosas propuestas para mejorar el sistema de acogida. El alcalde de Milán propone que se constituya una agencia centralizada a nivel estatal (como existe en Alemania o Suiza) que coordine la primera acogida, registración, etc., así como la formación e integración a través de un trabajo (provisional y simbólico al comienzo, y más estable después). Es necesario, por esto, la colaboración entre municipalidades, estado y entes privados.

Hay quien propone utilizar cuarteles vacíos, hay obispos que ponen a disposición parte de seminarios. El Papa sugiere la acogida familiar, y hay centenares de familias en Turín, Milán y Parma que ya la están practicando. Unas organizaciones sugieren que las familias no reciban ayudas para hospedar migrantes a cambio de pequeña colaboración familiar de su parte, como "au pair".

Pero la batalla es sobre todo cultural, pues un anciano pastor de Cerdena o un desempleado polaco no se improvisan ciudadanos del mundo si no ven y experimentan, como en Londres o Nueva York, las ventajas de la sociedad multicultural; sobre todo cuando las derechas difunden y amplían los miedos de la gente hacia una "invasión musulmana", con terroristas incluidos, y presentan los migrantes como causa de todos los males, en una Europa encallada en sus políticas de austeridad y poco atenta a las necesidades de la gente.

Si en este contexto no se puede imponer la solidaridad, se puede sin embargo mirar más allá de la huerta y observar que Europa es un continente en declive demográfico, que en Italia el número de las personas expatriadas está superando el número de los que llegan, que es necesitaría la llegada anual de 150 mil migrantes en los próximos años para mantener el sistema de pensiones, que las personas migrantes no son rival de quienes están en el desempleo, pues buscan trabajos no apetecibles por los locales, y hay más argumentos.

La migración resulta como una oportunidad y no un problema, si hay la voluntad y la inteligencia para enfrentarla, invirtiendo recursos sea en los países de acogida que en África.

Las chicas africanas han replegado camas y mantas y han salido de la parroquia hacia su incierto destino. Han superado obstáculos tremendos, pero todavía deberán superar otros más antes de vislumbrar un paraíso "en la otra esquina". Mientras tanto, 22 mil habitantes de la Italia central dormirán por muchas noches en camas plegables, después de haberlo perdido todo en el terremoto. Para todas estas personas la solidaridad es la única esperanza.