Las “mariconadas” y los códigos del patriarcado

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Opinión - Opinión: Nuevas masculinidades

 Juanjo Compairé

 

OPINIÓN

La otra mañana, estaba haciendo acuagym (cómo siempre, pocos hombres situados a un lado de la piscina, cercados por muchas mujeres). La monitora nos hacía hacer un giro de caderas. Siento a mi lado una exclamación “¡¡Mariconades!!”.

En aquel momento me vinieron a la cabeza muchos pensamientos: veía a nuestro “supermacho” Putin prohibiendo que los nadadores rusos practiquen el estilo mariposa, por considerarlo “poco viril”. Veía las risas burlonas que durante mucho tiempo acompañaron a los corredores de marcha atlética, obligados a hacer estos mismos movimientos de cintura que a mi compañero de piscina le parecían propios de “maricones”. Un amigo mío, nacido con pies planos y afectado de escoliosis (una pierna más larga que la otra), que anda siempre meneándose como una serpiente, ha tenido que soportar a menudo los cuchicheos de sus colegas por “afeminado”.

Entiendo que de pequeños nos hacían jugar con “madelmans”, de movimientos rígidos. ¿Nos han enseñado durante nuestra vida escolar, en la clase de “Educación física”, a a bailar, a danzar, a expresarnos con el cuerpo? muy poco, quizás nada. ¿Por qué en los Juegos Olímpicos las disciplinas de danza y armonía (o la natación sincronizada, sin ir más lejos) son acaparadas por mujeres? Los deportes masculinos –recordémoslo- surgieron como preparación premilitar y, por lo tanto, los movimientos que piden son generalmente agresivos. El resultado es cómo si los hombres estuviéramos obligados a andar como si siempre trajéramos una armadura o un corsé que limita nuestros movimientos. Cómo si los hombres trajéramos siempre un “policía de género” al lado, que nos estuviera diciendo qué movimientos podemos hacer y qué no.

Ahora cada vez es más frecuente saludarse entre hombres con un beso, pero todavía hay vigentes unas normas muy estrictas en cuanto al contacto corporal entre hombres. Estrecharse la mano (señal que se no va armado) o, como máximo, hacerse unos abrazos que parecen más bien querer hundir la espalda del otro. El fútbol, la gran escuela de los códigos masculinos, ya nos lo enseña: los contactos entre cuerpos de hombres sólo pueden ser chocante. Tan sólo es permitido el cuerpo a cuerpo cariñoso de forma ritualizada (y muy breve) en la celebración de un gol. Hay quién aprovecha entonces ¡para tocar el culo al compañero! Ay, el culo, ¡la zona prohibida y negada de nuestros cuerpos!

El miedo a la homosexualidad

Si hay este código corporal tan estricto es porque la masculinidad, el vivir como hombres y ser tratado en cuanto que tal en nuestra sociedad se define en negativo: ser hombre es no ser mujer y no ser homosexual. Los insultos que ponen en cuestión la virilidad nos lo dicen: “niña” y “marica/maricón”. Y no ser ni una cosa ni la otra es algo que se tiene que demostrar continuamente: en la propia conducta, en los propios movimientos “no fuera caso que los otros pensaran que...”. Este fantasma lo tenemos siempre delante. Y acontece un miedo tan interiorizado que a veces ni la reconocemos, a pesar de que nos penetra por dentro y nos obliga a movernos como “madelmans”.

Las homofobias son, pues, manifestaciones del miedo e incluso al odio al hombre libre que tenemos dentro nuestro. Al hombre que se puede permitir fantasiear o practicar emociones y expresiones sexuales o afectivas más allá de la norma heterosexual. Al hombre que quizás tiene ganas de mimar otro cuerpo de hombre (sin que necesariamente esto tenga un trasfondo sexual).


La homofobia tiene manifestaciones mucho más salvajes, está claro. Hay países donde la más mínima manifestación “homo” es penalizada con la pena de muerte o, cuando menos, de prisión. En otros (como la Rusia de Putin) la homofobia es institucionalizada y considerada política de Estado. Y en otros las manifestaciones gays son despreciadas o ridiculizadas. Sin ir más lejos, a nuestro país, que se presenta como adalid en la superación de la homofobia, que fue de los primeros al legalizar el matrimonio de personas del mismo sexo, el Diccionario de la Real Academia define “mariconada” como “2. Mala pasada, acción malintencionada o indigna contra alguien”. Y hemos visto últimamente bandas de tontos que se dedican a “cazar maricones” por las calles de nuestras ciudades, como ritos de supuesta afirmación viril.

Cambiar las relaciones entre los hombres

Tenemos un sistema social y de relaciones basado en la desconfianza del otro. Un individualismo que Hobbes ya hace siglos definía con la máxima: “el hombre es un lobo para el hombre”. Los hombres que gobiernan el mundo (y algunas mujeres que se ha apuntado y copian este modelo de relaciones corregido y aumentado) practican este egocentrismo moral que no tiene en cuenta para nada al otro o a la otra. La homofobia es una manifestación también de este individualismo feroz que pretende anular la diferencia y, por lo tanto, la diversidad. Esta homofobia aprendida nos penetra por dentro (ya lo comentábamos antes) hasta lo más profundo. Liberarnos como hombres de este encorsetamiento, acercarnos a los otros, permitirnos tocar, cuidar otros cuerpos, otras subjetividades es entrar en un sistema nuevo de relaciones, radicalmente diferente del que tenemos actualmente.

Por todo esto, creo que la superación de la homofobia (entendida no sólo como la discriminación de los homosexuales sino también como el miedo a la homosexualidad que antes mencionábamos) no es sólo un hito de las personas lesbianas, gays, transexuales o bisexuales (LGTB), aunque son los principales perjudicados. Es un objetivo de todos los hombres, independientemente de su orientación sexual y de toda la Humanidad. Porque necesitamos cambiar las relaciones, porque necesitamos urgentemente un nuevo orden social, un nuevo orden de relaciones (recuperando en este sentido saberes que muchas mujeres han desarrollado a lo largo de siglos). Y los hombres también necesitamos descubrir que nuestros cuerpos pueden ser nutricios, cuidadores, amorosos, firmes y vulnerables a la vez. En resumen, humanos. Por eso el movimiento de hombres por la igualdad nos hemos sumado al día mundial contra la LGTBfobia y lo hacemos nuestro: porque cambiar las relaciones entre los hombres es revolucionario.