El Calderón como síntoma

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Identidades de género - Nuevas masculinidades

 

Juanjo Compairé


OPINIÓ

Hombres y violencia alrededor de los deportes

Estos días los medios han resaltado el enfrentamiento violento entre seguidores de dos equipos de fútbol, en el entorno del estadio del Calderón de Madrid, con el resultado de un hombre asesinado con ensañamiento.

Se ha reabierto así el debate sobre la violencia alrededor de los espectáculos deportivos, especialmente del fútbol.

Pero esta atención mediática es desproporcionada si la comparamos con la prestada a otros tipos de violencia. Por ejemplo, las 59 mujeres víctimas de violencia machista a lo largo del año 2014 no han merecido de los medios ni de lejos un tratamiento similar. ¿Será que en este caso tanto la víctima como los verdugos son hombres?

En todo caso, hemos tenido que llegar al asesinato para que hayan saltado las alarmas. Leo estos días en los diarios que en Argentina han llegado al muerto número 300 a los estadios de fútbol. Ya el gran reportero Ryszard Kapuscinsky escribió una obra clásica, "La guerra del fútbol" (Anagrama, 1992), para narrar la guerra de cinco días entre Honduras y El Salvador el 1969, a raíz de dos partidos de fútbol entre las selecciones nacionales. Hechos similares los podemos recordar en toda América Latina. En Europa tenemos que tener presente el desastre del estadio Heysel de Bruselas que, en 1985, provocó 39 aficionados muertos y 600 heridos con motivo de la final de la Copa de Europa de fútbol.

Está claro que, en una sociedad donde las desigualdades y las injusticias son crecientes, esta violencia estructural encuentra una válvula de escape durante los espectáculos deportivos. Válvula que se manifiesta por medio de la violencia verbal y psicológica a los estadios, pero que puede llegar a ser física. Pero yendo más allá, la inmensa mayoría de miembros de las bandas, "barras" o "peñas" que la ejercen son hombres. Lo son los antiguos "boixos nois", los "ultrasur", los del "Frente Atlético", etc. Si aparecen chicas, es siempre con un papel secundario. Además estos grupos tienen una organización jerárquica y a menudo vestida de ideologías y simbología cercanas a los totalitarismos.

Se trata, pues, de una socialización dentro de la violencia, típicamente masculina, repleta de alusiones a los genitales masculinos y a una virilidad de combate ("¡a por ellos!"). Los insultos que escuchamos dirigidos a jugadores y árbitros son homófobos ("maricón") y misóginos ("hijo de puta"). Los deportes femeninos están marginados y a penas obtienen eco mediático (pese a los éxitos que últimamente han conseguido). Esta violencia machista asociada al fútbol es la base del iceberg, cuya punta es la violencia física. El aprendizaje de la masculinidad tradicional se hace, pues, en el seno de estos grupos que funcionan sobre el sentimiento de "fraternidad excluyente". Dentro del grupo, vestidos todos de forma similar (con los colores que nos identifican a la camiseta, bufanda o sombrero o, incluso, pintados en la cara), uniformados como el ejército, perdemos nuestra subjetividad. Formamos un bloque, un "nosotros" contra "ellos".

Estos días estamos discutimos mucho sobre qué hacer para prevenir este tipo de violencia. Se habla de reforzar la vigilancia y la represión. Son necesarias. Pero no basta. Tenemos que desmontar todo este aprendizaje social. Tenemos que construir masculinidades alternativas que sean no violentas. Hacen falta campañas educativas que nos enseñen, sobre todo a los chicos, a gestionar las frustraciones de forma creativa y prosocial. Que los jugadores de élite ejerzan su rol mediático presentando otras maneras de ser hombre. Que los clubes deportivos recuperen los valores humanistas y solidarios. Que el deporte signifique una explosión de fiesta y no una descarga de agresividad.