Esquizofrenia social de género

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Empoderamiento y Liderazgo - Investigación

Con motivo de la presentación en Barcelona del último título de la socióloga María Antonia García de León, Cabeza moderna/Corazón patriarcal (Anthropos, 2011), celebrada en el Espai Francesca Bonnemaison el 27 de mayo a cargo de Marina Subirats y Mª Àngels Cabré, he aquí el texto leído por esta.

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Esquizofrenia social de género

(Una lectura de cabeza moderna/corazón patriarcal, de María Antonia García de León)

Como María Antonia García de León, además de haberse consagrado largamente a la sociología, en concreto durante tres décadas, y haberse especializado en el empoderamiento de las mujeres, coquetea con la literatura, me voy a permitir comenzar mi intervención hablando de una novela ya que al fin y al cabo la literatura es mi ámbito de acción (así no peco en exceso de intrusismo). 

Me refiero a El arte del placer, obra magna de la siciliana Goliarda Sapienza, magna por su extensión y por su importancia, que fue rechazada en vida de la autora por numerosas editoriales, que sólo a su muerte fue publicada por una pequeña editorial y que en fechas recientes se convirtió en un gran éxito. Aquí fue traducida en el 2007, tras ser reeditada en Italia y siguiendo la estela de una gran acogida en Francia.

El arte del placer narra la historia y el ascenso social de una mujer de origen muy humilde llamada Modesta (dato que no debe pasarnos inadvertido) a través de la agitada primera mitad del siglo XX, una mujer indómita, en lucha consigo misma y con la sociedad que le ha tocado en suerte. Una mujer que nacida simbólicamente en 1900 hace toda clase de esfuerzos para vivir en libertad. Una novela de notable carácter sociológico, que el crítico José María Guelbenzu escribió que debía de haberse titulado “El arte de la libertad”, que es un ejercicio de rebeldía y que me viene muy bien para hablar aquí de la igualdad de género. Como ha dicho otro crítico, Alberto Hernando, en ese personaje confluyen grandes heroínas de la literatura como la Madame Bovary de Flaubert, la Lady Chatterley de Lawrence o la Orlando/el Orlando de Virginia Woolf. Claro está que ¿en qué grandes protagonistas no confluyen algunas de esas mujeres de papel y algunas otras más? Precisamente sobre Virginia Wolf Sapienza diría en sus diarios (Il vizio di parlare a me stessa): “Ha pagado su osar entrar a formar parte de las grandes sin traicionar su ser mujer”.

Una mujer, esta Goliarda Sapienza, que nos sirve de ejemplo como mujer reñida con el poder, renuente a él. Hija de Maria Guidice, una leyenda de la izquierda italiana (feminista y sindicalista, secretaria del partido socialista en el Turín de los albores del siglo XX), poseedora de una gran personalidad y de gran belleza, Sapienza fue actriz de culto –interpretó incluso un papel en Senso, de Visconti- y fue también escritora tardía, de madurez –publicó su primer libro a los 43 años-. A pesar de ello siempre se consideró una fracasada por no haber elegido el camino del éxito sino el de la libertad y el compromiso.

Basándose como se basa su literatura en la memoria y en la propia experiencia (mucho tiene el personaje de Modesta de ella misma), no es de extrañar que los múltiples cuadernos que a modo de diarios fue escribiendo a lo largo de su vida sean muy iluminadores en lo que a su condición de mujer se refiere. En concreto, a propósito de su incapacidad de ser una vencedora, escribe: “¿[…] la naturaleza me ha hecho no agresiva y temblorosa como un conejo? ¿También de nacer hombre hubiera sido así? Todo es posible. Pero lamentablemente cada vez más el ser mujer es una maldición, incluso en esta duda que lleva siempre consigo [se refiere al conflicto entre esforzarse en triunfar o no hacerlo]. Duda que, con sólo ser mujer, ya incluye esta inseguridad e incapacidad de afrontar la vida. Hablando en plata: a la mujer hasta se le prohíbe ser una auténtica fracasada.”

¡Qué sabia reflexión final! A la mujer no sólo se le prohíbe triunfar sino que también se le prohíbe fallar. Sapienza, quien escribe también en sus diarios que “el espíritu contrario o adverso a la mujer” le provoca verdadero rencor, recuerda que en 1973 un hombre poderoso que quería quitársela de encima y dejar de oír sus protestas, le dijo: “¿Por qué no te diriges a tus feministas?”. “Hoy no dicen ni siquiera eso: simplemente ni te oyen ni te ven”, aclara Sapienza. A lo que añade: “Desde niña supe, gracias a mi madre que me lo explicó, hablándome de historia, que cada vez que la mujer intenta rebelarse sucede esta reacción más o menos inconsciente en el hombre”.

 

 

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He querido comenzar esta pequeña intervención mía evocando a Goliarda Sapienza, una mujer comprometida, luchadora y no por ello carente de las contradicciones en que se debate la mujer crecida en las ideas de la igualdad de género y la lucha contra el patriarcado, y cuya protagonista, Modesta, encierra también muchas de las contradicciones que María Antonia García de León expone en este libro que presentamos como causas de las vacilaciones que impiden conseguir la plena igualdad y la construcción de un mundo no androcéntrico. Cierto que son muchos los personajes femeninos y muchas las mujeres de carne y hueso ejemplo de esta lucha. Acaso la literatura escrita por mujeres no haga más que darle vueltas de un modo u otro a ese asunto, cosa que tendría que hacernos pensar acerca de la gravedad de la misma: no hablamos pues de anécdotas sino de un problema de alcance universal.

En lo que a nuestra geografía y nuestro momento nos atañe, como escribe la propia García de León en su ensayo Rebeldes ilustradas (La otra transición): “educadas en el más rancio patriarcalismo franquista y en un país pobre […] ejercen hoy (décadas después) como mujeres profesionales de una sociedad avanzada y paritaria, como es la española actual”. ¿Cómo no sufrir pues de esta esquizofrenia que hace que el corazón vaya por un lado y la cabeza por otro, que hace que la inercia pueda al avance y al progreso? No en vano, como dicen Marina Subirats y Manuel Castells en su libro Mujeres y hombres. ¿Un amor imposible? (2007): “la condición femenina ha cambiado más en tres décadas que en varios milenios”. O lo que es lo mismo: el camino recorrido por las mujeres occidentales en 50 años (si ponemos como límite el año 2000) lo han tenido que hacer las españolas en 25 (es decir desde la Transición).

Sea como sea, la Modesta que avanzaba a trompicones por la primera mitad del XX o la Goliarda que lo hacía en la segunda mitad, son aún demasiado semejantes a las mujeres de hoy, que en estos tiempos cambiantes que generan identidades de género confusas incurren a cada paso en flagrantes contradicciones. Contradicciones que María Antonia García de León analiza en este Cabeza moderna/corazón patriarcal, que lleva como subtítulo “Un diagnóstico social de género”. Un diagnóstico que resumiendo podríamos decir que se vertebra en dos ámbitos: por un lado el de la perpetuación del sistema patriarcal por parte de los hombres, con la consiguiente deslegitimación de las mujeres a la que va indefectiblemente unido; y por otro lado, el boicot que las propias mujeres ejercen contra ellas mismas en diferentes registros que la autora desgrana poniendo el dedo en la llaga de asuntos poco tratados porque parecen irnos en contra a nosotras mismas, como de hecho lo hacen (por lo que precisan aún más ser tratados).

Como de los primeros tenemos abundante conocimiento por sufrirlos a diario, vayamos a algunos de los otros, acaso menos verbalizados. Me refiero por ejemplo a esa manía por calzar “zapatos desempoderantes” (expresión de García de León) o embutirse en la talla 38 (ese harén que es dicha talla, como menciona Celia Amorós en el prólogo al libro que comentamos citando a su vez a la escritora marroquí Fatima Mernissi). Un intento por ser superfemeninas, seguramente para no ser acusadas de feministas casposas, pero que poco ayuda. No defiendo el look Merkel, pero es evidente que no hace falta ser Sara Carbonero para llevar a buen puerto un ministerio o una vocalía, por poner un par de supuestos. ¿Pero cómo no sucumbir a la dictadura de la publicidad –estar perfecta y además ser la mejor en todo, como profesional, como madre, como amante…- consumiendo a diario el fruto de estos medios de comunicación machistas hasta la náusea, que hacen gala sin ningún recato de una herencia patriarcal a estas alturas injustificable? Si todos los niños quieren ser futbolistas, ¿qué demonios van a querer ser las niñas sino las novias de dichos futbolistas?

Otro ejercicio de autoboicot que las mujeres practicamos con esmero, y en el que María Antonia García de León no se cansa de insistir, es lo que ella misma ha bautizado como “el efecto Penélope”: tejer y destejer, como hizo la paciente esposa de Ulises, andar y desandar el camino hacia la igualdad en una permanente “tensión entre avance y obstáculo” (cito a García de León). Una sucesión de restas y no de sumas que acaban por devenir en involución, en una peligrosa involución. Y cómo no mencionar “el síndrome de la abeja reina”, el afán de exclusividad que lleva a algunas a querer ser la única fémina del grupo y a no aceptar la sombra de ninguna otra. Porque nadie dijo que el machismo fuera cosa de hombres, y en estos casos que sociológicamente retrata María Antonia García de León, queda bien patente.

Y cómo olvidar asimismo otro de sus bautismos geniales, el de “las Sanchas”, mujeres que renuncian al poder como lo hizo Sancho negándose a gobernar la isla Barataria, y como lo hizo Goliarda Sapienza y como lo han hecho y lo hacen tantas, presas acaso del hartazgo de tener que esforzarse el doble para alcanzar cualquier meta, por nimia que esta sea. Por no hablar de la falta de “sororidad”, otro término que emplea nuestra autora para aludir a la falta de asociacionismo, mientras los hombres se defienden unos a otros hasta los límites de la delincuencia y siguen colocando en los puestos de poder a aquellos que juegan con ellos al golf o frecuentan el mismo gimnasio o incluso el mismo bar. Cómo no acusar pues a las mujeres de no servirse del juego del poder cuando es tan sucio y es tan escasas veces ejemplo de meritocracia.

Evidentemente estos ejercicios de autoboicot no se entienden sin un primigenio considerar a las mujeres profesionales aún a estas alturas como anomalías sociales, como excepciones. Pero ojalá el problema fuera tan sólo ese. Es cierto que afortunadamente ha llovido desde aquel 3 de noviembre de 1793 en que Olimpia de Gouges (sobre quien acaban de publicar un libro Margarita Borja y Diana Raznovich), autora de la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, fuera guillotinada. También se supone que ha llovido desde que el derecho a voto se abrió también a las féminas (algo a lo que aquí llegamos como siempre con retraso), derecho a voto que hoy ejercen, ejercemos, en igualdad de condiciones. Pero persisten en nuestro país rasgos de machismo extremo como la ley sálica, que excluye a las mujeres de la sucesión al trono.

Me dirán que esto último afecta como mucho a dos mujeres, aunque cualquier agravio comparativo contra una mujer debiera ser asunto de todas y de todos. Lamentablemente afectan a muchas más, por no decir a todas, las más que preocupantes declaraciones realizadas hace apenas unos días por el Sr. Javier Arenas, candidato por el Partido Popular a presidir la Junta de Andalucía (y el más votado, aunque con suerte no la presidirá): “Cuando esas feministas vuelvan a estar cómodamente en su casa, educando a sus hijos y cuidando de sus familias, nos lo agradecerán”. Y lo harán porque, según este señor, "la sociedad será mejor, no se producirán tantos fracasos matrimoniales, los jóvenes dejarán de descarriarse, las familias volverán a corresponderse con los modelos tradicionales e incluso se reactivará el empleo". Para hacerse el harakiri emulando a Mishima o bien para sucumbir, como a tantos les sucede, a esa nostalgia permanente del patriarcado en la que también se incide en este libro como una de las lacras más nocivas. Porque ya lo dice el sociólogo Lluís Flaquer, autor de El ocaso del patriarcado, uno de los pocos hombres que se ha dedicado a estos asuntos y a quien García de León cita: el patriarcado se ha hundido como ideología, como teoría, pero persiste su práctica.

Ni estas declaraciones ni los aires que corren ayudan en nada a perseguir la igualdad y mucho menos a alcanzarla. Como tampoco ayuda que muchas sean aún las mujeres que vean en el feminismo un sectarismo fanático; cuando el feminismo, para cualquiera que tenga dos dedos de frente, no es sólo un movimiento social e intelectual sino un estar en contra del machismo. Por si hay alguien que aún duda de su condición de nuevo humanismo, reproduciré aquí la definición exacta que da Amelia Valcárcel en su indispensable Feminismo en el mundo global (2008): “Feminismo es aquella tradición política de la Modernidad, igualitaria y democrática, que mantiene que ningún individuo de la especie humana debe ser excluido de cualquier bien y de ningún derecho a causa de su sexo. El feminismo parte de pensar normativamente como si el género no hubiera de tener consecuencias particulares. Pero, puesto que el feminismo se opone al uso del sexo como medida, se opone a los abusos en función del sexo: no es lo contrario del machismo, pero es absolutamente contrario al machismo”.

Es evidente que tal como está el patio no hay que bajar la guardia, pues allí donde se baja, el androcentrismo se enquista. Si no al sentido común, sí deberíamos al menos hacerle caso a Newton, que en su Primera ley, también conocida como Ley de la inercia, nos dice que si sobre un cuerpo no actúa ningún otro, este permanecerá indefinidamente moviéndose en línea recta con velocidad constante. De aquí que este diagnóstico de la esquizofrenia de género que ha urdido García de León me parezca importante, útil y enormemente necesario para entender el momento que estamos viviendo (de objetivos alcanzados, sí, pero también de enormes escollos para llegar a otros objetivos aún mayores). Y para saber, sobre todo, en qué dirección debemos caminar para combatir esa esquizofrenia que, si nos descuidamos, acabará por convertirse como decía en una indeseada involución tremendamente perniciosa, como evidencian la dificultad en estos tiempos de solucionar cuestiones polémicas como el uso del velo en los países occidentales o la imposibilidad de erradicar el turismo sexual practicado por ciudadanos del primer mundo.

Si estamos viendo que el neoliberalismo trata de salir de la crisis políticamente fortalecido, de ningún modo tenemos que permitir que la crisis haga que la desigualdad salga de ella fortalecida. Y es por ello que ahora tenemos que estar más vigilantes que nunca, para no perder ni uno sólo de los avances que hemos hecho y para recorrer en tiempo record el camino que nos queda. Ojalá la crisis actual y el extravío que se está viviendo sirvan cuanto menos para entender no sólo que seguir como aún estamos, a medio gas en el logro de la igualdad de género, a nadie beneficia, sino también que se impone el aprovechamiento de la visión periférica que hasta la fecha ha tenido la mujer en ese “estar en la orilla”, quien viéndose relegada al papel de espectadora ve mucho más claro. Y ojalá algún día, alcanzada la igualdad, podamos pasar al estrato superior, a ese “descolonizar el imaginario de género” que María Antonia García de León invoca como un santo grial.

Y ya que he comenzado hablando de una italiana, acabaré con otro italiano, el ensayista Raffaele Simone, que acaba de publicar aquí en España El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas? (Taurus), donde defiende la tesis de que ser de derechas es natural y ser de izquierdas es cultural. Lo natural, según arguye Simone, es el instinto de posesión, lo cultural es querer repartir lo que se posee. Siguiendo este razonamiento, creo que no es descabellado afirmar que el machismo es lo natural y el feminismo lo cultural. Así pues, a ver si hay suerte y esta esquizofrenia social de género que tan bien ha diseccionado María Antonia García de León acaba por decantarse por abolir al bárbaro que llevamos dentro y ensalzar al ilustrado. Esquizofrenia social o salud mental, civilización o barbarie.