Cultura de la igualdad / Igualdad en la cultura

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Cultura - Temas Culturales

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OPINIÓN

Era de esperar que, tras unos primeros meses instalando los muebles, el partido conservador en el gobierno empezara a mostrar su verdadero rostro y no ha tardado en hacerlo. Es así cómo, entre otras lindezas, empezamos a ver cómo se lleva a cabo un paulatino proceso de acoso y derribo de los logros alcanzados por las mujeres en las últimas décadas, por cierto tan costosos. En pleno siglo XXI, ahora que tocaba recoger los frutos de tantos esfuerzos y consolidar los avances en una sociedad madurada en la gestión democrática, parece ser que toca ir para atrás, como los cangrejos.

El primer aldabonazo ha sido sin duda la cuestión del aborto: en una ley donde las mujeres veían un instrumento para gobernar su propio cuerpo (que ya tocaba), el Partido Popular ve un capricho con visos de asesinato. ¡Cómo si abortar fuera un plan divertido!, habría que decirles a estos gobernantes con tan poco sentido de la realidad. Ahora que está tan de moda comentar en los medios la necesidad de que los políticos se acerquen de nuevo a los ciudadanos (el otro día oí en un programa de televisión que para ello sería muy útil que los alcaldes se bajaran los sueldos para acercarlos a los del común de los mortales, como si igualar el nivel de ingresos generara automáticamente empatía), estaría bien que estos gobernantes, que a pesar de no haberlo experimentado jamás en sus propias carnes tanto saben de lo que más conviene a quienes llevan en su seno fetos de dos semanas, un mes, dos meses, convocaran a unas cuantas mujeres de esas que en los noventa se fueron a abortar a Londres, o a algunas de los que lo han hecho en sórdidas clínicas improvisadas, o a algunas de las que lo han hecho sin contar con el apoyo de sus familias y en la más absoluta de las soledades; mujeres de todas las clases sociales, por cierto, de todas las ideologías y de todas las creencias. Creer que se aborta por capricho no es ser lerdo, es faltarle al respeto a todas las mujeres y a todas las madres, a todas aquellas mujeres capaces de dar vida y que son, en último término, las responsables de que este planeta sobreviva.

El segundo aldabonazo destinado a hundir a las mujeres en su conjunto, está viniendo de la mano de esa idea de familia estereotipada y ya periclitada a tantos efectos que el PP defiende sin entender que la realidad va por otros derroteros, en un claro intento por defenestrar cualquier otro modelo de familia que no encaje con la suya, a la que atribuyen capacidades sanadoras y regeneradoras de una sociedad a su entender enferma. ¿Pero qué pedirle a un gobierno cuyos miembros presumen de sus ideas religiosas y hacen ostentación de ellas? La religión es un asunto privado, Sres. y Sras., y este país es laico, por mucho que les pese, no lo olviden. En este asunto de defensa del modelo, por otro lado muy respetable, claro está, de familia tradicional (y consiguiente ataque a todas las demás), la patita que ha asomado es la del Sr. Javier Arenas, aspirante a la presidencia de la Junta de Andalucía y mayoritariamente votado, aunque la unión de las fuerzas de la izquierda hará que no ocupe dicho cargo, por suerte para los andaluces. Días antes de las elecciones, es de suponer que henchido de espíritu mitinero y con la lengua suelta por haberla usado en exceso tantos días seguidos, tuvo a bien anunciarnos que apoyaría “todas” las políticas relativas a la mujer que se pusieran en marcha desde el Gobierno central (¡viva la obediencia ciega en el seno de los partidos y la ausencia de espíritu crítico!), destinadas a “recuperar los valores familiares que, desde que la mujer trabaja, se han perdido”. La frasecita es para echar a correr, la verdad. A lo que añadió: “Cuando esas feministas vuelvan a estar cómodamente en su casa, educando a sus hijos y cuidando de sus familias, nos lo agradecerán”. Su cinismo es de juzgado de guardia y sus propios adláteres debieran advertírselo, no vaya a ser que se les derrame el vaso y Europa tome cartas en el asunto, o bien un particular de a pie le ponga una denuncia por atentar contra los valores de la democracia. En definitiva, ¿qué diferencia hay entre las ideas del Sr. Arenas y las de polémico imán de Tarrasa, denunciado por invitar a la violencia contra las mujeres en el seno del hogar? El susodicho ha dicho cosas como esta: “Que las mujeres tengan un trabajo fuera de casa y se independicen económicamente provoca que los niños se queden sin educación y que haya una ruptura con sus maridos porque estos se ven obligados a hacer las labores domésticas, como cocinar o lavar la ropa”. ¿Sabrá el Sr. Arenas poner una lavadora?

Quizás alguien tendría que irle diciendo al Sr. Arenas, acaso las feministas de Andalucía, que como es evidente haberlas haylas, que “las feministas” jamás se quedarán cómodamente en sus casas cuidando de sus familias y educando a sus hijos. Las feministas se quedarán cómodamente en sus casas (en la medida que se lo permita la crisis económica a la que tanto ha contribuido un PP que ahora parece que estaba en las nubes o no estaba mientras se gestaba, maduraba y explotaba), y educarán a sus hijos y cuidarán de sus familias en la misma medida en que lo harán sus compañeros varones (si los hubiera), y al tiempo, al igual que sus compañeros varones, se dedicarán con gran ahínco a levantar este país con el fruto de su trabajo en campos tan dispares como la abogacía, los servicios sanitarios, los servicios sociales y un largo etcétera de compromisos profesionales que incluyen el rellenado de latas de anchoa y el embalaje de yogures, como llevan haciendo desde que la sociedad española se lo permite.

Por el contrario, si tan deseoso está el Sr. Arenas de que alguien se quede en su casa cuidando a sus hijos veinticuatro horas sobre veinticuatro, yo le invitaría a que lo hiciera él, mientras cede caballerosamente su puesto a alguna feminista eficiente y con un sentido de la igualdad de género de la que él está visto que carece; alguien a quien jamás se le ocurriera no decir sino siquiera pensar una sandez semejante; alguien con una visión mucho más democrática de cómo es la vida que hombres y mujeres queremos en este país nuestro: una vida compartida, no de subordinación de las mujeres a los machos, como fuera antaño.

De todos modos, hay un dato que no acaba de encajar en este asunto. El actual gobierno del PP ostenta una presencia femenina nada desdeñable, siempre obedeciendo a la norma de la mayoría masculina y de la cabeza masculina: ¿casualidad, estrategia o acaso una muestra de que cuando dicen que mejor que las mujeres se queden en casa se refieren no las suyas sino a las otras, las que molestan? Me refiero a las mujeres con una visión igualitaria, capaces de salir a la calle para reivindicar los mismos derechos que tienen sus colegas varones, capaces de hacer el doble de esfuerzo que ellos para ocupar un cargo, capaces de cuidar a sus hijos, cuidar de sus familias y cuidar de sus trabajos mientras sus colegas varones se consagran, veinticuatro horas sobre veinticuatro, exclusivamente a esto último.

En este sórdido panorama de mujeres que se quedan en casa y a las que se les prohíbe abortar, convirtiéndolas en siervas de su propio cuerpo y no en sus dueñas, mientras los varones de este país elevan hasta la enésima potencia los índices de prostitución, es en el que el PP nos quiere ver a todas y todos sumidos hasta el cuello. Y si se atenta contra la cultura de la igualdad de este modo tan virulento, tan en contra del sentido común y con tanto descaro (los embarazos no deseados disminuyeron con la ley del aborto y las mujeres están encantadas de trabajar fuera de casa, la realidad es esa y no otra), ¿qué no sucederá en la igualdad en la cultura? Yo que miro la cultura con los ojos de la igualdad y que busco las fallas allí donde están, y son muchas, fui testigo el otro día de una perla difícilmente soslayable que no puedo dejar de comentar como ejemplo de en qué país vivimos y qué clase de esquizofrenia social de género padecemos. A este respecto vale la pena echarle un vistazo al recién publicado Cabeza moderna/Corazón patriarcal, de la socióloga María Antonia García de León, donde se diagnostican las contradicciones en que incurre nuestra actual sociedad. Una de ellas es la que sigue.

El jueves 22 de marzo, me acerqué hasta el Instituto Francés de Barcelona para escuchar a la escritora belga Amélie Nothomb, que estaba promocionando su última novela traducida aquí, como todas las suyas de gran  perspicacia. La sesión se enmarcaba dentro del ciclo Noies molt modernes (Chicas muy modernas) y llevaba como subtítulo “La princesa de Clèves y otras heroínas de hoy”. Qué ocurrente y qué acertado enfoque, pensé. La cola llegaba hasta la calle, pues Nothomb despierta gran admiración. Ya en el estrado, luciendo uno de sus habituales sombreros extravagantes y bebiéndose una copa de cava con gran placer, no sé si advirtió el cartel que a su espalda se proyectaba a gran escala, cartel que por supuesto era el del ciclo en cuestión: sobre un fondo estampado, ocho siluetas femeninas buscaban dar una imagen variada de féminas dinámicas y un par de ellas lucían bolsas de la compra en un claro gesto de despreocupación (semejantes a una Claudia Schiffer pillada a la salida de una tienda Vuitton).

Amélie Nothomb desplegó su encanto y su talento con gran maestría en una charla de gran amenidad. La novela que presentaba era su veinteava novela, ahí es nada; estaba claro que se había ganado a pulso el aprecio del público que la escuchaba embelesado. Una profesional de la literatura como la copa de un pino, capaz de cosechar lectores y llenar salas como el más avezado de sus colegas varones, esta Nothomb. Y aún así, tenía que convivir con un cartel tremendamente machista, que la estaba tachando de superficial, porque ninguna de esas siluetas de mujeres llevaba un libro en la mano, ni arrastraba una cartera de documentos, ni nada semejante. Iban de compras, como si fuera lo que las mujeres jóvenes y modernas hacen a diario, y peor aún, como si fuera lo que las mujeres escritoras tienen por costumbre hacer también a diario. Sinceramente, a la única que me imagino yendo de compras es a la princesa de Clèves (allá por el siglo XVI, por supuesto), pero imaginar a Amélie Nothomb cargada de bolsas de Mango y de Zara me cuesta, la verdad, o cuanto menos no es la imagen primera de ella que me viene a la cabeza. Al menos me cuesta tanto como imaginar a un escritor de éxito, digamos a un Jaume Cabré, dando una charla con un cartel a las espaldas donde siluetas de jóvenes y gráciles varones lucieran pelotas de fútbol. Cierto es que el fútbol se asocia a los varones, pero me hubiera parecido de muy mal gusto.

Que el Instituto Francés, toda una institución cultural, se haya permitido esa patinada es alarmante, y lo es más cuando pensamos que la situación actual de las mujeres no deja de ser un tema que les preocupa, pues con motivo de la Madrid Woman’s Week (5-9 de marzo) y en el marco del ciclo Las mujeres, la crisis, el mundo en femenino plural el Instituto Francés de Madrid organizó un debate titulado “Violencias de género: los hechos”. Eso significa que con una mano hacen y con la otra deshacen, seguramente guiados por una falta de conciencia seria. Desde aquí les digo a los responsables del Instituto Francés que tanto los hombres como las mujeres de este país tienen por costumbre ir de compras de vez en cuando (especialmente en los cambios de estación), pero que retratar a las mujeres como únicas portadoras de bolsas en un cartel destinado a ilustrar un ciclo cultural de mujeres que hacen cultura y la hacen desde la excelencia, de “femenino plural” no tiene nada. Ni que decir tiene que si se hubiera tratado de un ciclo de “Mujeres y consumismo”, el cartel hubiera tenido sentido. Así no, de ningún modo.

¿Viviendo como vivimos un momento tan frágil en la cultura de la igualdad, tiene sentido exigir igualdad en la cultura? ¿O tenemos que consagrar nuestros esfuerzos a causas más urgentes como la pérdida de oportunidades a que están condenadas las mujeres con la anunciada reforma laboral? Me temo que todo es uno y que sin la una no habrá la otra, y viceversa.