Lecturas nada paritarias

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Cultura - Literatura

Año tras año, la rentrée del mes de septiembre viene marcada por algunas costumbres ya arraigadas: hacer balance del verano (en aras a conocer el estado de las cuentas), enseñar el reportaje gráfico del viaje de turno (a los incautos que se presten a ello), renovar el material escolar de los menores (así como el uniforme si es el caso) y respirar hondo para afrontar con buen ánimo lo que queda por delante.

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 Tradición es asimismo en estas fechas, o bien en los postreros días de agosto, hacer en las páginas culturales una relación de las novedades literarias que llenarán las veladas de los lectores fieles, y también la de algunos lectores accidentales. Se trata de listados encubiertamente publicitarios de lo que las editoriales han tenido a bien prepararnos para deleite de nuestras bibliotecas domésticas. Listas en las que sólo suele caber lo más renombrado, lo que se sabe que sonará o, lo que viene a ser lo mismo, lo que a ciencia cierta se venderá ya sea por la condición de celebrity del autor o por la campaña que el sello editor anuncia.


Obviando su condición primera de material de relleno en una época del año que suele venir parca en contenidos culturales, quiero pensar que esas gavillas de títulos escogidos están ahí como invitación a la lectura en general, actuando pues como gancho de una oferta mucho más amplia que aspira a promocionar al tiempo otros productos literarios igualmente merecedores de público, aunque acaso más minoritario. Quiero pensar que no son, stricto sensu, la lista completa de los títulos de los que se hablará, y que dejan un resquicio a otras propuestas. Al fin y al cabo, los mencionados son libros que aún nadie ha leído (al menos en nuestra lengua, nuestras lenguas), de modo que acaso cuando los especialistas tengan oportunidad de hacerlo consideren que no merecen gran espacio y vengan a sustituirlos otros más valiosos.


¿Pero funcionan así las cosas? ¿Se le deja de dar bombo y platillo a la obra de un autor célebre aunque esta no dé la talla? ¿Decide un periódico obviar una novedad cuando se revela insípida? Me temo que no, que a los grandes autores se les da cancha aunque escriban un truño. De ahí mi gran preocupación no ya porque el contenido de esas listas no sea paritario, sino porque se incline tan descaradamente hacia la creación masculina, sin disimulo alguno. Pues estas listas sí son vinculantes, sí anuncian qué va a sonar y a cualquier precio.


Porque en esas recomendaciones cara al otoño y el invierno (suelen quedarse en eso, pues es tras el empacho navideño cuando se anuncia lo que nos deparará Sant Jordi), grandes nombres internacionales se codean con autores del terruño. Se ofrece asimismo una variedad de géneros y registros que crean una imaginaria estampa de mestizaje literario destinada a complacer a todos. Novelas policíacas, muy en boga desde que Larsson abrió la veda; lo último de algún pope consensuadamente aplaudido; la postrera rareza trocada en aspirante a best seller; el más reciente best seller, este sí, prefabricado para mayor gloria de sus artífices; la actualidad pasada por el tamiz del ensayo facilón... Se trata de artículos que nos presentan los títulos inminentes y en los que, sea cual sea el color de la cabecera que los glosa, la variedad siempre es un grado: la nómina de las más destacadas novedades literarias apuesta pues sobre seguro, hábilmente al rojo y al negro a partes iguales. Al rojo y al negro, sí, pero sin paridad.


Y para que no se diga que atento contra la competencia, tomo como ejemplo un artículo aparecido en La Vanguardia (uno de los medios en los que colaboro), en particular un repaso a las novedades traducidas de esta rentrée literaria firmado por un profesional más que solvente como es Xavi Ayén (“Un mundo lleno de historias”, 25/08/2011). Tomo ese en concreto y no otros (novedades en castellano o en catalán) para que no sirva de excusa que la literatura patria va corta en aportaciones de mujer, que no deja de ser un recurso muy manido y que estoy harta de escuchar. Con mis ojos de profesional de la literatura que aspira a que algún día reine en este sector la equidad de género, el balance del artículo en cuestión es el siguiente.


La entradilla comienza citando a 6 autores varones y a ninguna mujer. En el texto se menciona a esos y otros autores hasta un total de 25, de los cuales 21 son varones y 4 son mujeres (Alice Munro, Siri Hustvedt, Joyce Carol Oates y la islandesa Audur Ava Ólafrdóttir): un 16%. Hay asimismo un par de despieces dedicados al ensayo y a los debutantes. En el apartado ensayo, de un total de 9 autores citados sólo 1 es mujer (Zadie Smith): un 11,1%. En cuanto a los debutantes, de 6 sólo hay 1 presencia femenina, la joven yugoslava Téa Obreht: un 16,6%. De lo que resulta un porcentaje global de autoras mujeres del 14,5%. ¿No les parece francamente ridículo? Y si no se lo parece, imaginen lo contrario, un mísero casi 15% de autores varones. ¿No haría eso que se les abrieran las carnes?


Como La Vanguardia dispone de una espléndida hemeroteca, siento curiosidad por saber si las cosas han ido a peor o a mejor, así que me remonto a diez años atrás, a un lejano 2001. Con fecha 5 de septiembre de dicho año hallo un artículo equivalente, “Rentrée con acento inglés”, que firma el propio Xavi Ayén junto a Rosa María Piñol. Comienzo la lectura aliviada pues veo que en la entradilla, junto a 4 caballeros, hay 1 mujer, Margaret Atwood. Pero el texto que sigue no me causa más que disgustos: de un total de 31 autores, sólo 4 de ellos son autoras (la citada Atwood, Catherine Millet, Amélie Nothomb y Marie-France Hirigoyen). Eso da un 12,9%. ¡Guau, hemos mejorado! ¡Hemos incrementado nuestra aportación a las novedades extranjeras del otoño-invierno en un 1,6% en… diez años! Haciendo cálculos, si ese ritmo no se rompe, resulta que conseguiremos la paridad en casi… 222 años, allá por el 2233. ¿No les parece una broma de muy mal gusto?


Si como dejó dicho Alexis de Tocqueville la prensa es un espacio público virtual lleno de significados y, además, “La prensa es, por excelencia, el instrumento democrático de la libertad” (La democracia en América), se me antoja que esta clase de artículos no cumple con los mínimos que debieran exigírseles porque o retratan una sociedad a estas alturas aún profundamente injusta en el asunto de la igualdad de género (una sociedad pues enferma), o por el contrario se dedican a fomentar esa desigualdad. Que los medios legitiman la realidad es una evidencia y también que la realidad que no sale en los medios sencillamente no existe. De la información pública depende la imagen que el ciudadano tiene de lo que sucede en el mundo, tanto en los rincones más remotos como en su inmediato presente, incluida la actualidad literaria.


No sé si estas listas son inocentes o vienen con las cartas ya marcadas, pero sí me consta que afectan muy negativamente a una sociedad que aspira a vivir en igualdad. ¿Qué creen que sucede cuando una autora que anda enfrascada en la ardua tarea de pergeñar una obra ve que los hombres siguen siendo en el panorama literario aplastante mayoría? ¿No ven que es una invitación clara al desánimo y, acto seguido, a la deserción?

Como si los movimientos de liberación de la mujer de nada hubieran servido, la mujer que escribe lidia con unas cuotas de representación irrisorias y con una visibilidad en la esfera pública a todas luces cicatera. Paralelamente, unos agentes culturales que debieran ocuparse de que el arte reflejara la pluralidad y el respeto a las diferencias, que es el único fundamento posible de una sociedad justa, no hacen bien su trabajo, repito, no hacen bien su trabajo. Nos pongamos como nos pongamos, olvidar la igualdad de género, no fomentarla, diría que incluso no garantizarla, no es contribuir al pluralismo.


La realidad es esta, los números son estos, y a estas alturas de la historia la situación es grave. ¿Abrimos de una vez el debate pendiente o seguimos sirviéndonos de la técnica del avestruz?